Luisa Toledo: Infinita rebeldía, a tres años de su fallecimiento

En el marco del tercer aniversario del fallecimiento de la luchadora social Luisa Toledo, la Villa Francia fue víctima de un allanamiento por parte de Carabineros de Chile, las dependencias del Comedor Popular Luisa Toledo (ubicado en el Espacio Pablo Vergara), la Radio Villa Francia (RVF) y algunos domicilios fueron cercados por un gran contingente policial, deteniendo a 14 personas y dejando en prisión preventiva al joven poblador y estudiante de licenciatura en Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile, José Luis Araya.

Esto por una investigación del Ministerio Público a cargo del Fiscal Claudio Orellana, quien, desde la Fiscalía RM Sur, y según consigna la RVF, dio la orden de llevar a cabo el operativo el día 3 de julio de 2024. Sin embargo, este se realizó durante la madrugada del sábado 6 de este mes. Mismo día en que se conmemoraría el fallecimiento de aquella vecina que desde el asesinato de sus tres hijos: Rafael, Eduardo y Pablo Vergara Toledo, dejó los pies en la calle exigiendo justicia.

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Pero, ¿por qué criminalizar a quienes a través de la organización comunitaria recuerdan a la “madre del pueblo combatiente? Probablemente, la institucionalidad ve un peligro en las personas marginadas que conocieron por saber popular la inigualable resistencia que Luisa forjó hasta el último de sus días y que heredó a las generaciones más jóvenes, trascendiendo así los valores del amor a las y los compañeros de lucha, la organización, el estudio y la búsqueda incansable de justicia. 

Si quieres conocer mejor a esta mujer y su historia, te invitamos a leer un extracto de la memoria de título de las egresadas de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, Gabriela Acuña Becerra y Javiera Arias Domínguez: “Te recuerdo Luisa: El legado rebelde de Luisa Toledo.

Villa Francia el territorio de Luisa

Contar la historia de una mujer como Luisa Toledo Sepúlveda, exige hablar también del territorio y la comunidad que la forjó. Cruzar la Avenida 5 de Abril se convirtió en un acto casi político para los Vergara Toledo, quienes encontraron en la población de enfrente un segundo hogar y a compañeros de toda una vida.

El legado rebelde de Luisa, es también la herencia de la solidaridad y del amor por el vecino,  valores que se respiran en la Villa Francia y que hoy se ven materializados en instancias como el Comedor Popular Luisa Toledo.

Contar la historia de Luisa es también contar la historia de su familia, de la comunidad cristiana y de la población de enfrente que los acogió en los momentos más duros. Es hablar de las ollas comunes, los comedores infantiles, las romerías con los curas obreros,  los cultos  y  las diversas jornadas comunitarias en las que directa o indirectamente se tejía una relación en la que el amor y la preocupación por el vecino han sido siempre el motor de cada acción. 

La necesidad de vivir sin tener precio 

Los ojos rasgados, la mandíbula apretada y la frente siempre en alto. La figura de Luisa Toledo Sepúlveda aparece en decenas de murales de Villa Francia, en la comuna de Estación Central. En algunas cuadras su rostro se extiende por varios metros. Son murales, mosaicos, estarcidos, rayados y grafitis improvisados. Todos dan cuenta de la influencia y reconocimiento de las nuevas generaciones hacia lo que significó el rol de esta luchadora incansable por la verdad, la justicia y la dignidad humana. Explícitamente partidaria de la acción directa como método de defensa ante un sistema violento con la clase obrera, hasta sus últimos meses de vida siempre tuvo una palabra de aliento a los jóvenes. El título de madre de la juventud combatiente no viene del aire.

Así la recuerda Manuel Vergara, su marido por casi 60 años, sentado en la mesa que los recibió cuando llegaron a vivir aquí.

Crédito: Rodrigo Gálvez

La sala de estar es tan antigua como esta casa, pero se nota que ha sufrido modificaciones con los años. Los libreros están llenos de distintas enciclopedias Sopena que se suman a aquellos libros de budismo y revoluciones latinoamericanas que le gustaban a Luisa. Sobre ellos hay fotos del matrimonio, de los hijos y un cuadro que la muestra a ella sirviendo comida en una olla común.

Manuel piensa en ella. Cuando se sienta a la mesa, revive la energía de aquellas onces familiares, esas misas populares de los años setenta y aquellas fiestas que convocaban a decenas de adolescentes. En esta mesa escribió muchas cartas junto a su amada pidiendo explicaciones por el asesinato de sus hijos. En esta mesa ha reído y llorado. Algunas veces acompañado, otras veces solo.

Él ríe a carcajadas recordando aquellas épocas en que fueron felices junto a sus cuatro hijos, Pablo, Eduardo, Rafael y Ana Luisa. Habla de su amada mirando hacia el horizonte, como sintiendo que allí se encuentra junto a su familia. También lo hace cuando trae al presente el carácter de Luisa. Cuenta con orgullo y gracia aquella ocasión en que, saliendo de la Corte Suprema, Luisa tropezó y cayó al suelo. En ese momento, narra Manuel, el periodista Pablo Honorato –conocido por comunicar los montajes de la dictadura– quiso fotografiarla humillada en su caída. Ella, con la agilidad que le habían otorgado los años enfrentando a Carabineros y haciendo Thai Chi, corrió rápidamente hacia él y lo golpeó en los testículos. 

Hermosamente violenta

Ante los horrores que recorrían las calles sometidas a la dictadura, Luisa decidió no ser espectadora y no dudó en ingresar a trabajar al Comité de Cooperación para la Paz en Chile, una instancia ecuménica que, como lo explica el sitio Memoria Chilena, “dio asistencia jurídica, económica, técnica y espiritual a todos los chilenos que sufrían persecución política, llegando a atender, solo el departamento de asistencia a los familiares de detenidos desaparecidos, a 8.718 personas en sus dos años de vida”.

Crédito: Rodrigo Gálvez

Luego de la disolución de este organismo, Luisa fue invitada a trabajar en la Vicaría de la Solidaridad, donde posteriormente llegaría también a colaborar Manuel. Fue en ese lugar donde Luisa comenzó a entender mejor cómo funcionaba el aparataje estatal en la persecución política, pues era testigo de primera línea de las violaciones a los Derechos Humanos que se estaban llevando a cabo. Sin embargo, al pasar algunos años se generó en ella un malestar con el organismo, porque no tomaban las causas de los llamados “presos de sangre” que caían en combate. Al irse de la Vicaría, su amiga abogada Fabiola Letelier la invitó a participar de la Corporación de Promoción y Defensa de los Derechos del Pueblo (Codepu). De esa manera, Luisa comenzó a trabajar en oficinas clandestinas. Toda esta carrera estuvo mediada directamente por sus convicciones y decisiones personales.

Sus cuatro hijos sentían en Luisa un apoyo incondicional, pues eran el reflejo vivo de los valores que se les había entregado. Ni siquiera debía intervenir en las peleas de hermanos, pues Pablo, el mayor, siempre mediaba, a lo que ella respondía ante la rebeldía de los otros: “ya, sí ya llegó el hijo bueno”. Aunque Manuel recuerda, entre risas, que una vez se enojó seriamente cuando desde la Avenida 5 de Abril Eduardo lanzó neumáticos hacia la casa para esconderlos.

El día 29 de marzo de 1985 cambió por completo a Luisa. Aquella mujer fuerte, alegre y llena de amor recibió la noticia que ninguna madre quiere escuchar.

Las mujeres activas de la Villa Francia se juntaban y coordinaban para apoyar las causas sociales que las movían. Mientras firmaban cartas para sus seres queridos que estaban en la clandestinidad, Luisa –que por su trabajo en Derechos Humanos siempre tenía las noticias frescas de lo que ocurría– les comentó que habían matado a dos jóvenes cerca de allí. Margarita Andrade, vecina de la Villa Francia y amiga de Luisa, recuerda que ella estaba firmando la carta para su hijo ese día:

Ahí llega la Ana Luisa y le grita “¡mami!” y le hizo así una señal de que salieran a hablar afuera. Salió dos minutos y escuchamos el grito de Luisa. 

Su segundo y tercer hijo, a quienes poco había podido ver en el último tiempo, habían sido asesinados a manos de la dictadura. 

Luisa transformó su pena en rabia y salió a la calle llamando a los pobladores a unirse, dejar los pies en la calle y, si era necesario, quemarlo todo. Los horrores de la dictadura destruyeron a su familia y su vida. Ella, valiente, hizo lo imposible. 

La visión cristiana mantenía en ella una esperanza de justicia y de un mejor porvenir. Sin embargo, ese sentimiento se derrumbó de manera definitiva el 5 de noviembre de 1988 cuando Pablo, su primogénito, el “hijo bueno”, apareció mutilado junto a Araceli Romo en el cerro Mariposas cerca de Temuco.

Luisa, aquella madre amorosa y comprensiva, ya no estaba. Ya nada le hacía sentido. Ni siquiera Dios pudo sostener a una madre que en tres años había perdido a tres de sus cuatro hijos. Enriqueta Leyton, compañera de congregación, recuerda que Luisa desde ese momento se alejó de la comunidad cristiana. Cuenta que una vez intentó inmolarse y que un joven la abrazó para impedirlo. 

Con este quiebre de paradigmas, la perspectiva que tenía Luisa sobre la vida cambió. Manuel recuerda que se alejó de la religión y se acercó a aquellas creencias que hablaban de la trascendencia del ser. 

Empezó a ver que había otra forma de pensar, de ver la vida y la muerte, porque yo una vez le dije «oye, cuando nos muramos ¿cómo nos vamos a conocer? Porque no vamos a tener ni ojos». «Tonto me decía ella no vamos a tener ojos, pero son las energías las que se van a ver y nos vamos a juntar con los chiquillos».

Su fuerza de lucha se asentó firmemente en la violencia como método de defensa y comenzó a formar redes en todo el país. Así, fue invitada por agrupaciones mapuche a sus territorios, quienes la recibieron cariñosamente entre homenajes y tradiciones. En una de esas visitas, se hizo una conmemoración en el lugar donde Pablo fue encontrado muerto junto a Araceli. Manuel lo recuerda así:

Cuando matan al Pablo vamos allá a Temuco al cerro Mariposas y se hace una actividad ahí con muchas cosas. Y allí a mí me regalan un weño, un palo de esos con que juegan a la chueca, unos gruesos. Yo lo tenía en mi pieza y un día no sé qué había y la Luisa no me lo pidió, fue y con eso le pegó a un paco, porque le estaban pegando a unas personas. Ella reaccionaba, era valiente, no tenía miedo de nada.

Valiente, sin miedo a nada. Esta virtud se convirtió en el sello de Luisa Toledo Sepúlveda, madre de la juventud combatiente.

 A tres años de su muerte vecinos, pobladores, organizaciones sociales recuerdan a Luisa en su infinito legado de rebeldía.

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Radio JGM es una radio comunitaria que transmite desde la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, en la comuna de Ñuñoa.

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