Ilegal y doloroso: crónica sobre un aborto en Chile

Todo influyó en la decisión de interrumpir su embarazo clandestinamente, menos ella. Hoy Andrea está arrepentida de no haber tomado las decisiones que le correspondían y espera que las leyes cambien y las oportunidades se igualen, porque ella, al igual que muchas mujeres, no pudo costearse una “operación de apendicitis” en una clínica privada.

por Amanda Aravena y Camila Magnet

Corría septiembre del 2012. Cursaba tercero medio y había faltado a la primera hora de clases para ir a la farmacia. Hace una semana que no le llegaba la regla y, considerando su regularidad, la situación era inusual. Andrea sentía miedo de estar embarazada a sus 16 años, así que fue a comprar un test de embarazo y se lo hizo en el baño del colegio.

Su pololo, dos años mayor que ella pero estudiante de segundo medio, la esperó afuera. Asustada, hizo lo que tenía que hacer y el test marcó las dos rayitas: positivo. Salió corriendo y abrazó llorando al Gabriel. No sabía qué hacer, el mundo se le había vuelto encima.

Andrea siempre fue una persona alegre y de varios amigos. Durante la adolescencia se caracterizó por cuestionar las normas sociales e intentar incomodar. Sus perforaciones, cortes de pelo un tanto extravagantes y teñido de varios colores lo demostraban en cierto modo. Además, siempre mostró rebeldía hacia su madre. Por su personalidad, cualquier persona que acostumbre a generalizar en base a estereotipos, habría pensado que abortaría sin ningún problema.

De acuerdo a datos del Registro Civil, en nuestro país más del 70 por ciento de los hijos son concebidos fuera del matrimonio. Además, según el Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales de la U. Católica, aproximadamente 1,1 millones son hogares de madres monoparentales, donde no hay un cónyuge o pareja, pero sí hijos presentes.

De todas maneras, se condena socialmente a las mujeres que quedan embarazadas fuera del matrimonio, sin estabilidad económica o sin pareja estable, sobre todo si es adolescente. Pese a la sentencia social, tampoco se le entregan más alternativas legales a la mujer embarazada que no quiere ser madre, además de dar en adopción.

Es por esta realidad que Andrea no quiso contarle a nadie que estaba esperando un(a) hijo/a, ni a su familia ni a sus amigos más cercanos. Solo sabía ella, Gabriel y un amigo. Todo permanecía en secreto hasta que la abuela de Gabriel encontró uno de los tantos test que se hizo, por lo que se vieron obligados a hablar acerca del tema con sus familias, esperando la crítica implícita de parte de ellas.

“Quizás en otro país no habría sido tan difícil. Aquí se tiene muy impregnada la sentencia social de que está mal, que es algo negativo”, critica Andrea, consciente de que es parte de un sistema conservador. En efecto, actualmente Chile es uno de los nueve países del mundo donde el aborto está prohibido en todos los casos: Haití, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Surinam, Malta, Andorra y El Vaticano son el resto.

A pesar de su penalización, en nuestro país se realizan más de 33 mil abortos por año, según el Ministerio de Salud. Sin embargo, datos revelados por el Informe Anual sobre Derechos Humanos en Chile del 2013, indican que serían entre 60 y 70 mil. Independientemente de la magnitud de las cifras, esta es una realidad existente que conlleva riesgos en la vida de la mujer, pues al tornarse ilegal, también se vuelve insegura.

Cuando Andrea le contó a su padre y madre, no se sorprendieron. Lo veían venir. Su mamá estaba escuchando con calma, mientras ella lloraba. Andrea nunca sintió mucho apoyo por parte de su familia, excepto en lo que respecta a sus habilidades artísticas. El hecho de que se lo hayan tomado con tranquilidad, no le transmitió la misma sensación a ella. Se sentía sola y desorientada.

Su madre dio por hecho que se realizaría un aborto, pero, de todos modos, Andrea quiso considerar e investigar los pros y contras de sus alternativas. Así que tuvo que decidir. Tenía tres opciones: tener su hijo, que implicaba un cambio rotundo a su vida para lidiar con todo lo que significa ser madre; tenerlo y darlo en adopción o abortar.

Su decisión estuvo directamente influenciada por la idea limitada de Gabriel y de su mamá de abortar o abortar. Influyó todo a su alrededor, excepto ella misma. Cuando llevaba alrededor de dos meses de gestación, su cuñada, quien era matrona, encontró una página sueca de pastillas abortivas que eran en

viadas como si fueran otro producto -por el carácter ilegal del procedimiento-. Sin embargo, todo indicaba que eran seguras para el cuerpo de la mujer.

Probablemente, si las condiciones económicas de Andrea hubieran sido distintas, hubiera podido costear un aborto encubierto en una clínica privada, pero tuvo que ser víctima de los riesgos de procedimientos desconocidos.

Pasaron dos semanas y las pastillas aún no llegaban. Durante ese periodo, Andrea sentía a la criatura crecer y los síntomas del embarazo eran evidentes. Sentía algo en la guata; “era raro, pero muy bonito”, cuenta con una sonrisa triste. Se le antojaban constantemente las pastas, sus senos empezaron a crecer y manchaba todos sus sostenes con un líquido que se preparaba para convertirse en leche.

Hubo una situación particular que le entristecía: “cuando me acercaba al Gabo, sentía asco porque no aguantaba su olor”. No poder estar cerca de la persona que debía darle apoyo, la hacía sentir aún más desolada. Pensaba en lo que estaba a punto de hacer y le angustiaba la decisión que había tomado.

Ya no podían seguir esperando las pastillas, porque cada vez ese embrión se acercaba más a convertirse en un feto y tenía claro que desde la novena semana podía haber complicaciones. Fue entonces cuando compraron clandestinamente unas pastillas abortivas de las cuales Andrea nunca supo el nombre, porque todo el trámite fue llevado a cabo por su cuñada. Ella sólo fue el envase del embarazo que había que abortar.

El día había llegado. En la noche del 28 de octubre se sentó al borde de la cama con las piernas abiertas. Pensó demasiado en no hacerlo. Estaba arrepentida, pero no dijo nada. Su cuñada se puso los guantes, los remojó en agua y pegó una pastilla a su dedo índice. La introdujo en la trompa izquierda, luego en la derecha. Ya no había vuelta atrás.

Andrea se puso un pañal para adulto porque unos minutos más tarde el sangramiento no cesaría. Gabriel se quedó con ella, leyéndole Bonsai de Alejandro Zambra; ella también le leía de vuelta.

Ese día Gabriel se sentía muy enfermo y le obligaron devolverse a la casa, dejando a su polola desatendida. Andrea vivió el aborto prácticamente sola. Tenía el cariño de su madre, pero no era lo mismo que el apoyo de su pareja, a quien sentía fundamental para aguantar el proceso.

Estuvo un día entero acostada. No paraba de sangrar, se retorcía del dolor, lloraba. Cuando por fin sus piernas de lana aguantaron su peso, logró ir al baño. Justo antes de sentarse en la taza, sintió caer algo al borde de ésta pero por fuera, en la baldosa de su baño. “Era una bolsita, un gran coágulo, del porte de la palma de la mano cuando uno la hace cóncava para tomar agua”, cuenta con nostalgia, aún recordando el tamaño, peso y temperatura del embrión.

Fue lo peor que había visto en su vida. Lo que más daño le ha hecho. Aquello que se ha impregnado en su memoria y cuerpo hasta hoy y para toda la vida. Lo envolvió en papel confort y lo botó a la basura como si fuera un mero desecho. Este episodio lo ha tenido reservado hasta que nos confió su historia. Ni su mamá ni Gabriel saben que vio el embrión caer y lo sintió con sus propias manos.

Andrea no tenía más opciones que aprender a sobrellevar sus malestares sola, ya que “la mayoría de los abortos que llega al conocimiento de la justicia son aquellos en los que se presentan complicaciones y mala praxis, circunstancias propias de la clandestinidad. La mujer debe concurrir a un centro de salud pública, siendo posteriormente denunciada por éste”, según relata el informe del 2015 de Amnistía Internacional.

Solamente en 2014 se iniciaron investigaciones judiciales contra 113 mujeres por abortos no espontáneos. “Las mujeres son las primeras víctimas de la criminalización del aborto”, señala el documento.

Actualmente, Andrea está arrepentida de todo: de no haber dicho desde un comienzo que quería tener su guagua, de no haber enfrentado a su madre y a Gabriel y de no haberse hecho cargo de la decisión sobre su propio cuerpo.

Además, aún siente rencor hacia quien fue su pareja durante dos años. “Siempre voy a estar enojada con él por haberme hecho abortar, porque de alguna manera lo hizo y después se lavó las manos. El hombre puede olvidarse, la mujer no”, señala Andrea que, además, agrega que en 2013, Gabriel decidió poner termino a la relación “porque yo tenía muchos problemas”.

Para ella, el aborto de un embarazo no planificado marcó su vida. Lloraba todas las noches y lo hizo continuamente hasta el 2014. Recién ese año pudo decir que «superó» un poco aquella situación por la que no le gustaría que ninguna mujer pasara: “Si alguien quiere abortar, que aborte. Pero no me gustaría que pase por la misma mierda que yo por ser ilegal”, concluye.

Santiago, 25 de julio 2016
La marcha fue convocada por la «Coordinadora Feministas en Lucha» bajo el lema «Las mujeres abortamos. Por un aborto libre, gratuito y seguro»
Sergio Piña/AtonChile

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