No generalicemos: trabajo sexual no es trata

Escrito por el abril 27, 2019

Si bien es innegable que en el trabajo sexual se expresa una condición de género y personalmente considero machista que los hombres tengan un mercado de cuerpos femeninos al alcance de su bolsillo, también me parece una falta de respeto ignorar a aquellas mujeres que han hecho de la prostitución su trabajo.

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Hace un tiempo, han aparecido en mis redes sociales discusiones -o peleas- entre feministas. Unas, que defienden la capacidad de elección de las trabajadoras sexuales; otras, que aseguran que la prostitución perpetúa la cosificación y explotación femenina propia del patriarcado, e incluso dicen que las anteriores no deberían hacerse llamar “feministas” por defender la regulación de esta práctica.

Me da lata. Me da lata que desde la comodidad de nuestros hogares teoricemos sobre una realidad que viven tantas mujeres en todo el mundo, muchas veces llegando a hablar por ellas.

Varias responden categóricas a preguntas que personalmente hace poco me estoy haciendo: ¿La prostitución es trabajo? ¿Debería compararse con la explotación y el uso del cuerpo que se ejerce en otros rubros? ¿Estamos, en realidad, discutiendo en base de conceptos comunes?

Me pregunto esto último porque he visto a algunas mujeres feministas asegurar que no se puede hablar de “trabajo sexual” y ocupan, en cambio, conceptos como “trata” y “esclavitud sexual”. Si bien es innegable que en el trabajo sexual se expresa una condición de género y personalmente considero una práctica machista el hecho de que los hombres tengan un mercado de cuerpos al alcance de su bolsillo, también me parece una falta de respeto ignorar a aquellas mujeres que han hecho de la prostitución (o del uso de su imagen con fines eróticos o masturbatorios) su trabajo.

¿Por qué insistir en hablar de “trata” y “esclavitud” si hay mujeres como Virginie Despentes, las argentinas María Riot o Georgina Orellano (AMAR) y agrupaciones enteras en Chile mismo como la Fundación Margen, que aseguran públicamente tener poder de decisión, de consentimiento e incluso de establecer las condiciones en su trabajo? Considerarlas víctimas en todos los casos me parece una posición condescendiente y hasta paternalista.

“Es que ellas son una minoría privilegiada” podrían responder algunas. Bueno, entonces llamemos a esa minoría «trabajadoras sexuales»; dejemos de ignorar una realidad que existe solo porque hay una que se parece en el ejercicio, pero a la que le falta un elemento tan fundamental como es el consentimiento. Nadie está de acuerdo con la trata sexual.

“Pero si pudieran trabajar en otra cosa, lo harían”, leo en el TL. Puede ser, pero a mi opinión, 1. El deseo de trabajar en otra cosa no significa que se encuentran obligadas por alguien a ejercer ese trabajo (sí, trabajo); y 2. Las ganas de desarrollarse en otro rubro las pueden tener distintas personas, incluso profesionales. ¿Por qué la fijación con el trabajo sexual? ¿Por qué se asume que existe explotación?

Al menos condenen con las mismas ganas todos los trabajos sexistas como los que hay en las fábricas textiles (donde miles de mujeres son explotadas para crear la ropa de retail) o incluso, en un ejemplo más cotidiano, la existencia de empleadas domésticas (¿Por qué no hay “nanos”? ¿Por qué no hay -tantos- “putos”?). Estos casos también perpetúan tanto el capitalismo como el patriarcado.

Creo que hay que mirar en perspectiva el panorama, considerar las individualidades sin meter a todas las mujeres en un mismo saco. Escuchemos lo que tienen que decir quienes viven en carne propia esta realidad y dejemos las suposiciones y peleítas de Twitter para otro momento. No son tiempos para caer en el juego del patriarcado pisándonos la cola entre nosotras mismas.

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Escucha el capítulo de Copadas «Trabajo sexual: ¿Abolir o regular?» en el que, en entrevista con Vesania, integrante de Fundación Margen, ella habla desde su experiencia y entrega su opinión sobre este tema:

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