Desde hace 6000 años los Kawésqar navegan las costas de la Patagonia. En esta primera parte de la crónica podrán leer cómo desde la llegada de los españoles este pueblo ha sufrido. Ya sea por el colonialismo, el Estado chileno, los medios de comunicación o la empresa extractivista en una historia que muy lejos de cambiar, se mantiene al margen de toda agenda pública, e incluso, en temporada de elecciones presidenciales, se teje un panorama desfavorable para los habitantes ancestrales del mar austral de Chile.

Por José Tomás Cisternas, Gustavo Vergara y Daniel Muñoz

Cuatro mil kawésqar existían antes de la llegada de los españoles. Ellos se movilizaban en uno de los territorios más extensos y aislados del sur de Chile. Durante seis mil años, sus familias navegaron entre los fiordos, canales e islas de la Patagonia occidental. Su vida transcurría en la recolección, la caza y se desplazaban según su voluntad y el ritmo del mar.

Eran nómades por el agua. Su territorio ancestral, el Kawésqar Waes se extendía desde el laberinto de canales del Golfo de Penas hasta el Estrecho de Magallanes. Antes que ellos las recorrieran, sus Taiwaselok hoyok (sus ancestros) lo hicieron. Navegaban para la enseñanza vía transmisión oral de los adultos a los niños, para dar nombre a los distintos lugares, a la flora y a la fauna, para experimentar distintas técnicas de navegación, y para la caza, la pesca y la recolección.


Para dar más detalles respecto a la relación de los Kawésqar con el mar, Leticia Caro Kogler, representante de la Comunidad Grupos Familiares Nómades del Mar, nos da su palabra: 

“Nosotros conservamos aún el interés primigenio, el primer interés. Nuestro primer interés tiene que ver con la forma que tenemos de conectarnos con el mundo a través del mar, con la conexión que nuestros antiguos tienen en el mar y también con esas ganas de reivindicar la memoria de los antiguos.”

Para conocer un poco más sobre la cultura Kawésqar, a continuación puedes escuchar un episodio del podcast «Contra la corriente», en donde se habla del Hijo del Canelo, una antigua leyenda del pueblo Kawésqar. Nacido de un árbol sagrado en tiempos de oscuridad y destrucción, Alape se convierte en el héroe que enfrenta a las criaturas que amenazaban la vida humana en las islas australes.


Con la llegada de los colonos, este pueblo sufrió una grave eliminación de los suyos, la imposición de un nuevo idioma y la evangelización de su cultura. Más tarde, con el Estado chileno, la situación no les fue más favorable. Los nuevos extranjeros que llegaron a sus tierras los sometieron con más masacres e incluso fueron llevados a zoológicos humanos en Francia en un capítulo con poca exposición en la historia nacional. En Chile, la lucha de sus últimos descendientes por traerlos de vuelta duró dos años, hasta que en enero del 2010 pudieron finalmente sepultarlos en el Estrecho de Magallanes, convirtiéndose, probablemente, en el último funeral fueguino de la historia de una etnia al borde de la extinción.

El Edén

Luego de ese capítulo en su historia, ellos siguieron desarrollando sus actividades, hasta que en 1969 se inauguró el Parque Nacional Bernardo O’Higgins, el área protegida más grande de Chile, cubriendo 3,5 hectáreas, incluido parte del territorio kawésqar. Con esta medida de protección, al pueblo le fue imposible hacer uso de los recursos, tales como la caza de aves o mamíferos. Al hacerlo, arriesgaban someterse a la justicia chilena.

Este hecho produjo la creación de Puerto Edén. Un cambio brusco en la cultura kawésqar. Puesto que un pueblo nómada y cazador-recolector fue forzado por el Estado chileno a transformarse al sedentarismo.

Al respecto, Margarita Vargas López, exconstitucional y presidenta de la comunidad Jetarkte, nos da su testimonio respecto a este cambio:

“Nosotros vivimos en un territorio indígena hasta el año 1969, en Puerto Edén, en un lugar que se llama Yetarte. Ese año se inauguró la localidad y el gobernador de Magallanes envió la instrucción de trasladar a los kawésqar que estaban en la isla al lugar donde se inauguró Puerto Edén. En ese momento botan las casas. Los aviadores habían tomado los territorios —Puerto Edén, la isla Dawson—, todo estaba militarizado y comenzaron las restricciones para las navegaciones».

Lucha Kawésqar

Puerto Edén – Foto de Daniel Casado

«Ellos desarmaron las casas y los llevaron al frente, y en ese instante empieza el proceso de evangelización. Incluso hay una foto donde mis mayores aparecen cantando el himno nacional sin tener idea de lo que estaban cantando. También comenzó la obligación de hablar español, pero ya fuertemente».

Margarita cuenta cómo los llevaron a un sector sin playa, totalmente rocoso. Les rompieron las casas y los instalaron ahí; tuvieron que volver a hacer carpas y ranchos, completamente dejados a la suerte, sin alcantarillado ni agua. 

«Mi mamá se llamaba Tacal en kawésqar, pero cuando empezaron a bautizar en esos años le pusieron un nombre español: Nora. Y como muchos no se evangelizaron al mismo tiempo, casi todos los kawésqar terminaron con la misma fecha de cumpleaños, en el mismo mes y año.”

Durante décadas, el aislamiento geográfico marcó la vida del pueblo. El único acceso era por mar, y la comunicación con el resto del país era casi inexistente. Margarita recuerda que muchas familias kawésqar llegaron obligadas, luego de perder sus embarcaciones o de ser trasladadas por autoridades y misioneros: “Ahí se formó lo que hoy es la comunidad. Pero no fue una decisión libre, fue una forma de controlarnos y sacarnos del mar.”

Puerto Edén se convirtió en un símbolo doble: refugio y encierro. Allí sobreviven las últimas familias que mantienen la lengua kawésqar, rodeadas por el mismo paisaje que sus antepasados navegaron durante siglos.

La enfermedad del mar

En 1981, Chile se convirtió en el segundo productor mundial de salmón, con más de 1.400 concesiones acuícolas concentradas en el sur.

En los canales de Magallanes, donde el pueblo kawésqar navegó por milenios, se han instalado centros de cultivo que alteran el equilibrio del ecosistema y transforman el paisaje cultural del Kawésqar Waes.

Michael Lieberherr, periodista de Salvemos la Patagonia, habla sobre la situación legal actual de las salmoneras en Chile:

“Son más de 400 concesiones que hoy están dentro de reservas y parques nacionales. Es una situación compleja, una situación que no tiene mucho sentido, porque Chile, desde prácticamente los años 70, firmó el Convenio de Washington, que prohíbe que exista este tipo de industria dentro de la máxima categoría de protección que existe en el país.”

De aquellas 428 concesiones contabilizadas, según la Fundación Terram (2024), el 35% de las concesiones salmoneras activas en Magallanes está emplazado dentro o junto a áreas protegidas, incluidas zonas del Parque Nacional Kawésqar.

En los fiordos del sur, las salmoneras se instalan en los mismos canales donde antes se desplazaban las familias kawésqar. Las bahías donde se encuentran antiguos conchales o restos de viviendas ancestrales ahora están cercadas por concesiones privadas y por el desarrollo de una industria que no les beneficia.

El cultivo industrial de salmones, una especie introducida en Chile a inicios del siglo XX, se realiza en jaulas de 50 metros de profundidad, donde permanecen cerca de tres años antes de ser exportados. Durante este tiempo las consecuencias que deja son:

  • Generar toneladas de desechos orgánicos que se acumulan en el fondo marino, esto daña el suelo marino, afectando toda la cadena trófica.
  • Se emplea un uso masivo de antibióticos: Chile utiliza 100 veces más que Noruega, el principal productor mundial.
  • Esta práctica provoca anoxia, es decir, la falta de oxígeno en el fondo marino, lo que destruye la vida local.

A esto se suma que el salmón es una especie carnívora y no nativa de Chile. Ante una fuga de salmones, se genera:

  • Alteración de la cadena alimenticia.
  • Competencia con especies nativas.
  • Transmisión de enfermedades.
  • Liberación de antibióticos al medio, afectando al ecosistema.
Lucha Kawésqar

Foto de Megs Harrison

Todo esto impacta directamente en la pesca artesanal y en las comunidades costeras locales.

Michael Lieberherr habla sobre la diversidad biológica de la Patagonia y las consecuencias que la industria salmonera provoca en ella.

“En la Patagonia de Chile hay bosques de macroalga que son claves para todos los ecosistemas y también para nosotros, porque son la base de la cadena trófica. Estos bosques se ven muy afectados por los cultivos de salmones en áreas cercanas a las jaulas. Vemos también que especies chilenas que eran símbolo de la pesca artesanal, como el róbalo, no pueden sobrevivir en un entorno cercano a los salmones. Son afectaciones al ecosistema que estamos viendo ahora y que, sin duda, tendrán consecuencias futuras”.

La débil fiscalización estatal ha agravado el problema, dejando a las comunidades locales en una situación de vulnerabilidad frente a los grandes conglomerados salmoneros.

La industria salmonera ha sido clave en las exportaciones chilenas, aportando hasta 1,7% del PIB nacional en el año 2021. No obstante, este crecimiento económico ha tenido un alto costo ambiental y cultural: la degradación del ecosistema marino, la pérdida de rutas ancestrales y la afectación directa a la pesca artesanal kawésqar. Para ellos la expansión salmonera representa una amenaza a su soberanía territorial y sus prácticas ancestrales.

Tras la crisis del virus ISA en 2006, la industria acuícola se trasladó hacia el extremo sur de Chile. Solo entre 2006 y 2007, las solicitudes de concesiones en Magallanes aumentaron 22,6%, alcanzando 910 permisos, según datos de Sernapesca. Entre 1982 y 2012 se otorgaron 63 concesiones, y en apenas 11 años, la cifra se duplicó a 134 en 2023. Actualmente, la industria ocupa 2.120 hectáreas, con otras 85 concesiones en trámite que cubren 647 hectáreas adicionales. De ellas, 56 se ubican dentro del Parque Nacional Kawésqar, afectando un área “protegida”.

Escucha el segundo capítulo del podcast «Contra la corriente» para comprender mejor sobre la contaminación de las salmoneras.

Sigue leyendo la parte 2: Contra la corriente, aquí. 

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