DESAPARECE CONMIGO: LAS INTENCIONES DE LA ANOREXIA

Escrito por el 9 Enero 2019

Por Javiera Carrasco

Hay quienes piensan que soy una invención de las vanidosas y los vanidosos, pero no, soy una enfermedad que ataca a más de 90 mil personas en Chile, según cifras entregadas por el Colegio Médico durante el 2017, y que asesina a más del 10% de los casos. Me presento, soy la Anorexia, quien viene a contarles una historia que pocos se atreven a conocer, pero de la que nadie está ajeno, porque en cualquier momento puedo aparecerme en sus vidas.

“Parecías como si hubieras estado en un campo de concentración”, le confesó su psicóloga a un año de haberla conocido. Fueron las palabras más bonitas que escuché desde que conozco.

El jueves 21 de agosto de 2016 entró por la puerta de urgencias, decidida a recibir ayuda para ganarme la batalla en la que nos enfrentábamos, duro y parejo, desde hace casi seis meses. Pero nuestra historia no comenzó ahí.

Intenté acercarme a ella muchos años atrás, cuando estaba en séptimo básico, pero solo logré saludarla a la distancia. Hubo unos compañeros de colegio que me ayudaron en esta misión, cuando le gritaban de un pasillo a otro: “¡Gorila!”, solo por tener la piel un poco más oscura que las niñas con las que se juntaba y tener un peso normal. Sentí su inseguridad a la distancia y logré que dejara de comer, pero su familia nos apartó.

Pasaron diez años entre palabras que la empujaban al abismo, ayuno, vómito y sobrepeso. Una montaña rusa que hasta hace dos años había mantenido en equilibrio, cuando su mamá la llevó al nutriólogo y le dijo que tenía resistencia a la insulina. Le recetó una dieta tan estricta que solo comía un par de quesos al día, huevo y aceitunas. Al ver que el régimen resultaba, siguió disminuyendo las calorías.

Sentí cómo iba acercándome rápidamente a esa joven que se resistía en conocerme. Logró pasar ocho meses consumiendo menos de 500 calorías diarias, hasta que sus papás tomaron cartas en el asunto, llevándola a una clínica para que los doctores decidieran. La chica de 24 años tenía una desnutrición que la mantuvo por mucho tiempo al borde de la muerte. Con sus 163 centímetros de altura, pasó de 80 kilos a 36.

Así la internaron en el área de psiquiatría de la Clínica San Carlos de Apoquindo, directamente desde el campo de concentración gestado en la ciudad. A esas alturas yo festejaba el camino a la victoria, estaba llevándome una vida más, haciendo desaparecer, literalmente, un cuerpo víctima de una sociedad enferma. Ya no más insultos, ya no más vergüenza; yo la estaba salvando, y la desgraciada se resistía.

La dejaron acostada una semana, porque sus piernas no soportaban su cuerpo, y su corazón en cualquier minuto colapsaría. Luego pudo moverse en silla de ruedas y más tarde le dieron permiso para ir caminando al comedor, donde se congregaban a los locos filosofar sobre su existencia. En ese lugar se congregaban muchos compañeros míos que luchamos por salvar las almas puras y heridas por las impurezas humanas. Como mi amiga Esquizofrenia, que colgó a la Maca de una viga o como la Adicción, que internó a Diego, pero los detuvieron.

Salió “libre” luego de dos meses. Aún estaba desnutrida, pero su perseverancia le dio la confianza a los especialistas para darle el alta. Tenía miedo de volver a la sociedad, porque para sus amigos ella es delirante y está consumida por la superficialidad. No la entenderán sino hasta el día en que me atreva a pasar por sus vidas, porque, aunque pocos lo comprendan, me llaman enfermedad pero soy la salvación a los problemas que otros te han creado.

Lo que me conforma es la esperanza de saber que más de la mitad de los casos de Anorexia se vuelven crónicos, así que espero que este ser vulnerable no me abandone. La semana pasada su abuela le dijo que estaba gordita y logré que comenzara una nueva dieta. “Bienvenida de vuelta, te estaba esperando”, le susurré.

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