Economía de la explotación: el precio de no ver
Muy cerca del poder, entre calles rotas y edificios comunes, hay cuerpos que circulan, que se venden, que se callan. Una ciudad entera que prefiere no mirar demasiado, no saber mucho, no decir nada. Y cuando el silencio, tarde o temprano, se rompe… ya es demasiado tarde.
Amaya Leppe S., María Pía Bravo y Peter Maldonado C.
Un departamento con movimiento nocturno, muchachas que no eran del barrio, autos que venían y se iban con la prisa de quien no quiere ser visto. En las mañanas, el silencio era el mismo de siempre, como si nada. Pero al fondo, entre las rejas oxidadas y los saludos forzados, se mascaba una certeza: ahí pasaba algo que no debía pasar. Muy cerca del poder, a cuadras de La Moneda, en plena capital. Una red de explotación, dijeron los titulares. Una organización que encadenaba cuerpos y silencios, que convertía la vida en mercancía mientras los días seguían como si nada.
La Policía de Investigaciones sacó del edificio a doce mujeres. Eran las mismas caras que los vecinos habían visto entrar y salir durante meses, las mismas figuras que esquivaban con la mirada o saludaban con un gesto breve, incómodo. Ahora salían una tras otra, sin equipaje, sin papeles, sin palabras pero con un bebé de no más de un año en brazos. Escoltadas por los funcionarios, caminaban frente a un vecindario que miraba tras las cortinas o desde los pasillos, con palabras a medio tragar. Con el bullicio de las patrullas sólo sonaba ese murmullo antiguo, que siempre llega tarde: “Qué terrible”, “¿Viste que al final era verdad?”. Como si la verdad no hubiese estado ahí desde el principio. Como si ver no fuera una forma de saber.

El tercer negocio ilegal más lucrativo
Según la ONU, la trata de personas es una de las formas más brutales de esclavitud moderna. Requiere organización, intención y silencio. Y se reconoce por lo mismo: por la cosificación del cuerpo, por la transformación de una vida en mercancía, por esa cadena invisible que ata a la víctima a su explotador. La trata puede tener múltiples fines: trabajos forzados, servidumbre, extracción de órganos. Pero la más frecuente, y más lucrativa, es la explotación sexual. Mujeres y niñas son las principales víctimas. No por azar, sino porque sus cuerpos han sido históricamente ofrecidos como botín.
Las redes delictivas organizadas suelen atraer a sus víctimas mediante engaños o coacción, para luego someterlas a situaciones de abuso de las que es muy difícil escapar. En muchos casos, las víctimas son golpeadas, violadas o amenazadas, incluso a través de represalias hacia sus familias si intentan huir. A menudo, los tratantes se apoderan de sus pasaportes y documentos de identidad, dejándolas completamente desprotegidas. A veces les quitan los papeles. A veces a sus hijos. Pero siempre la voz.
La trata de personas en Chile
La trata de personas, particularmente de mujeres, con fines de explotación sexual ha echado raíces aquí, entre cordilleras y promesas democráticas, al amparo de la precariedad, la migración forzada, la falta de políticas públicas integrales y una cultura que aún permite que cuerpos vulnerables se vuelvan descartables. Este delito ha aumentado en más de un 400% en los últimos años en el país. ¿Las principales víctimas? Mujeres migrantes, en su mayoría de Venezuela, Colombia, Haití y República Dominicana. Mujeres con o sin papeles, pero sin redes de apoyo en el país, sustento económico suficiente, ni suelo firme bajo los pies. Son captadas, movidas, explotadas.
A pocas cuadras del poder
A pocas cuadras del poder e incluso en el poder mismo, Manuel Monsalve —entonces subsecretario del Interior y el encargado de coordinar la Mesa Nacional Contra la Trata y Explotación Sexual Comercial— frecuentó en agosto de 2024 una plataforma colombiana dedicada a la prostitución. Solo unos pocos meses después, sería formalizado por abuso sexual contra una subordinada. Para el mismo año, el Ministerio Público ya había recibido 161 instrucciones para abrir indagatorias sobre trata de personas.
Para Claudia Román, Magíster en Estudios de Género con mención en Ciencias Sociales con una tesis sobre La trata de mujeres con fines de explotación sexual en Chile, cuerpos entre el delito y la institución y hoy profesora de derechos humanos en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAHC), el caso de Monsalve no es una excepción, es solo un ejemplo más de una verdad incómoda: los victimarios y consumidores de la trata de mujeres migrantes con propósito de explotación sexual no están en la sombra, ni siempre al margen de la ley. Pueden estar en cargos de representación pública, en instituciones que redactan protocolos para proteger a las mujeres, en los espacios donde se habla de derechos humanos. También en la academia.
Extorsión a los consumidores
Pero la impunidad no es solo institucional o simbólica. También puede desmoronarse de golpe, como ocurrió con el exalcalde de Macul, Gonzalo Montoya.
Su historia revela que el consumo de prostitución no es un acto privado ni aislado, sino un eslabón dentro de una cadena criminal mucho más amplia. En junio de 2025, Montoya fue secuestrado por una organización extranjera a pocos minutos de La Moneda. La escena parecía sacada de una película: retenido durante tres días, con videos enviados a su familia donde aparecía golpeado, amarrado y suplicando que se reunieran 50 mil dólares para su liberación. El propio exalcalde admitió haber sido extorsionado con grabaciones de encuentros sexuales con “prostitutas colombianas”. Según el testimonio de un amigo, incluso habría participado en fiestas con menores de edad.
Para el fiscal Héctor Barros, jefe del Equipo contra el Crimen Organizado y Homicidios (ECOH), la extorsión sexual se ha convertido en parte del nuevo mercado criminal, dirigido a consumidores de prostitución en Chile. Él mismo advirtió que existe un peligro real para quienes consumen servicios sexuales. Pero lo inquietante no es solo que el consumidor se vuelva víctima, sino que el sistema siga operando bajo esa lógica perversa donde el poder aparece siempre como cliente, nunca como responsable. En una entrevista con La Tercera, Barros lo reafirma: “lo grave es que el consumidor de todo esto parece no darse cuenta que él puede ser sujeto también de delito a través de la extorsión”.
El precio del silencio
La trata es un sistema que funciona porque muchos lo sostienen sin querer mirarse al espejo. Porque mientras se condena el delito, se normaliza el consumo. Porque el cuerpo explotado de una mujer si es pobre, si es migrante y si es negra, todavía parece valer menos que el deseo del que la paga. ¿Quién demanda estos cuerpos? ¿Quién guarda silencio mientras eso ocurre al lado, a la vuelta, arriba del mismo edificio? La trata no sería posible sin quienes miran para otro lado. Porque “no callar” no es solo no denunciar. Es incomodarse. Es asumir que hay una comunidad entera que participa del engranaje aunque no toque directamente la cadena. Que se beneficia de que otras estén en el fondo. Que se consuela diciendo que no tiene nada que ver.
Chile no es solo un punto de tránsito; es también un destino. Porque aquí hay demanda. Y donde hay demanda, hay oferta. Y donde hay ambas, hay estructura. Hay mercado. Hay silencio. Y mientras no se le llame por su nombre, todo seguirá funcionando igual. Con cuerpos de mujeres migrantes a la venta. Con titulares que sorprenden a los mismos que no quisieron ver. Con vecinos que aseguran que no sabían. Y con penas que no alcanzan ni a rasgar el daño. “¿Saben cuánto pagó el tratante? Nada. ¿Y cuánto fue la máxima pena? Cinco años”.
Tal vez te puede interesar: “Ese asesino nos mató en vida”: familia de Felisa Valdés exige justicia tras femicidio en Vallenar
Sigue leyendo en Radio JGM
https://radiojgm.uchile.cl/nuble-ley-de-cuotas-no-logra-garantizar-la-representacion-femenina/





Deja una respuesta