En deuda con los refugiados climáticos

Escrito por el 2 Agosto 2019

Para el Derecho Internacional los refugiados climáticos no existen. Puedes acogerte al estatuto de refugiado por razones religiosas, políticas o raciales, pero no si debes abandonar tu hogar y tus tierras por culpa de la crisis medioambiental. En un mundo donde los desplazamientos involuntarios producto del cambio climático van en aumento aún no se considera a éste como motivo para dar asilo a sus víctimas.

 

Te contaré un hecho trágico e inminente: Kiribati va a desaparecer tragada por el mar, tal como los antiguos griegos creían que había pasado con la Atlántida. Este Estado, compuesto por una serie de islas que están a poca altura con respecto al nivel del mar, en unas décadas tendrá la mayor parte de su territorio bajo el agua, y todo aquello que quede en la superficie será inhabitable debido a la salinización de las napas subterráneas que los dejará sin agua potable. Kiribati actualmente tiene más de 100 mil habitantes que, una vez que sus hogares y tierras queden sumergidos en el océano Pacífico, tendrán que enfrentarse a una dura realidad: ningún país tiene la obligación de acogerlos o siquiera ayudarlos. 

Evidentemente la población de Kiribati -las y los kiribatieneses- tiene poca responsabilidad en la crisis ambiental global que se está produciendo. Es un territorio extremadamente pobre, con una frágil economía de subsistencia y con un sólo centro económico. El país era mayormente conocido por ser el primero en recibir al sol en año nuevo y, en la actualidad, es conocido por ser el primero que desaparecerá como consecuencia del cambio climático. En 2008, Anote Tonge, el expresidente de este estado oceánico, que durante su mandato intentó poner en la tabla internacional el trágico destino de su nación, urgió a Australia y Nueva Zelanda a aceptar a las y los kiribatienses como refugiados, a lo cual se negaron.

“Hacer planes para el día en que ya no tengas un país es sin duda doloroso, pero es lo que debemos hacer” Plantea Anote Tonge, presidente de Kiribati entre 2003 y 2016.

 

Anote Tong, ex-presidente de Kiribati.

 

El problema radica en que la figura legal de “refugiado ambiental” o “refugiado climático” no existe en el Derecho Internacional, a pesar que desde la COP 21 se vienen haciendo llamados a reconocer este estatus. La Convención de Ginebra (1951), actualmente vigente, asignó la categoría de “refugiado” a aquellas personas que abandonan su país por persecuciónracial, religiosa, política o por membresía a un determinado grupo social. A quienes entran en esa definición les corresponde el derecho de asilo, que les garantiza la estadía los países suscritos a la convención, ayudas económicas, atención sanitaria, entre otras cosas. No obstante, no se ha hecho un avance por considerar los desastres medioambientales como una razón suficiente para obtener el estatus de refugiado.

Hay quienes argumentan que los afectados por problemas medioambientales pueden recurrir a sus gobiernos en búsqueda de protección, mientras que las personas perseguidas por razones de religión, convicciones políticas o raciales no pueden hacer lo mismo. Sin embargo, será difícil que un Gobierno como el de Kiribati logre ayudar al más de 100 mil de personas que se quedará sin trabajo, sin sustento y sin hogar, en especial porque también un gran porcentaje de su territorio estará bajo el agua en ese momento, con ello sus tierras cultivables y productivas, además que quedará menoscabada su principal industria: el turismo. 

La situación de Kiribati no es única, son varios los estados del océano Pacífico, como las Islas Marshall, las Islas Salomón, Vanuatu, Fiji, entre otras, que pasarán por lo mismo en unas décadas más, y ese es sólo el comienzo. Como consecuencia de los eventos climáticos extremos, entre los que nos encontramos tifones, inundaciones, incendios, entre otros, es muy probable que aumenten considerablemente los flujos humanos migratorios. Un desastre ambiental puede afectar la economía de un territorio y provocar una migración por razones económicas pero igualmente ligada a la crisis ecológica. 

Chile no queda ajeno a los desplazamientos por razones climáticas. La Organización Internacional para las migraciones de la ONU afirmó que en los últimos diez años ya se han registrado varias migraciones internas importantes a raiz de desastres relacionados con el clima, como las numerosas inundaciones ocurridas en la región de La Araucanía en el año 2008 o los aluviones que se produjeron en 2015 en el norte del país. Por otro lado, la desertificación de la zona centro-sur y las sequías en la zona norte del país podrían provocar un aumento significativo de los migrantes climáticos de zonas rurales a los centros urbanos, un movimiento de personas para el cual ninguna ciudad está preparada.

Es cierto que las migraciones por catástrofes naturales y crisis ambientales han ocurrido desde siempre, pero no hemos enfrentado, como comunidad global, un desplazamiento de magnitud tan grande hasta el momento, desplazamiento que se sumará a las migraciones actuales de grupos de refugiadas y refugiados que huyen de las condiciones hostiles de sus países de residencia. Tanto Chile como el Mundo debe ponerse a tono con esta realidad y preparar, tanto a sus instituciones como a su población, para recibir a las víctimas sin hogar que deja la crisis climática. De momento se puede partir reconociendo de una vez por todas que existe un nuevo grupo de refugiados, quienes tendrán que abandonar sus naciones cuando estas se vuelvan inhabitables. También reconocer que son otras naciones, más desarrolladas e industrializadas, las que han sido las principales causantes de la degradación ambiental y, que una manera de asumir los costos del desastre ambiental que provocaron, es acoger a las refugiadas y los refugiados. Esta es una forma de comenzar a saldar su deuda con ellas y ellos. 

 

 

 

 

 

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