A casi medio siglo del primer avistamiento registrado de ingesta de plástico por parte de un animal salvaje, su producción continúa creciendo a un ritmo incesante, hasta el punto de ahogar a los peces en el mar. De una herramienta para la humanidad a una amenaza para todos los ecosistemas del planeta. Estamos con el plástico hasta el cuello.

A finales de la década de los 60’, los científicos Kenyon y Kridler fueron los primeros en observar a un animal, el albatros hawaiano, consumir plástico. Al estudiar a 100 muestras de la especie, encontraron que 74 de los 100 polluelos analizados tenían un promedio de dos gramos del material en sus cuerpos.

Más que detenerse por este caso y por los innumerables antecedentes que han ido apareciendo desde entonces, la producción aumentó en un 210% en las últimas cinco décadas. De acuerdo a la Asociación de Productores de Plástico Europea, las toneladas manufacturadas incrementaron de 1,5 millones en 1950 a 322 millones de toneladas en 2015.

En 2015, Jenna Jambeck, profesora de ingeniería de la Universidad de Georgia, Estados Unidos, publicó un cálculo estimado de la cantidad de plástico que llega al mar cada año: entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas, solo contando los desechos provenientes de zonas costeras.

Y un estudio sobre contaminación publicado en 2014 en la revista científica PLOS ONE reveló que hay 5,25 billones de piezas de residuos plásticos en el océano. De esa masa, 269.000 toneladas flotan en la superficie, mientras que hay unos 4 billones de microfibras de plástico por kilómetro cuadrado en las profundidades marinas.

A lo largo de litorales y riberas de todo el mundo, se han encontrado macro (mayor a 5 milímetros (mm), meso (de 5 a 10 mm) y micro (entre 0,2 y 5 mm) plásticos. El microplástico suele ser utilizado para la elaboración de exfoliantes, geles de baño y pasta de dientes. Además, se pueden encontrar en chicles, productos de limpieza industrial, ropa de sintética y neumáticos, incluso en comidas y en la sal.

El problema de los dos últimos, es que no sólo son fabricados de ese tamaño, sino que también son el resultado de la fragmentación de grandes plásticos por la erosión del medioambiente (exposición a rayos UV, diferencias de temperatura, oxígeno, entre otros agentes externos), exactamente como ocurre con la transformación de rocas en arena.

Lo que lleva la corriente

De acuerdo con investigaciones realizadas por Núcleo Milenio, una agrupación dedicada a generar una base científica para el manejo y conservación de la biodiversidad en las islas oceánicas chilenas, la presencia de plásticos en una zona dependerá de las corrientes marinas que interactúan en ella.

La corriente marina es capaz de arrastrar los plásticos menos densos a otras locaciones, mientras que los más grandes o pesados se hunden en las proximidades de la costa de la que provienen.

Para el investigador y profesor de la facultad de Ciencias del Mar de la Universidad Católica del Norte e integrante del Núcleo MilenioMartin Thiel, indicó que “debido a la corriente, los microplásticos se concentran en el centro del océano, donde están las grandes zonas de acumulación. La Isla de Pascua, por ejemplo, está muy cerca de esas zonas de acumulación del Pacífico Sur, por lo tanto, ahí hay muchos microplásticos en el agua, y los peces, aves u otras especies que viven ahí obviamente tienen mayor riesgo de ingerirlos”.

Debido a lo anterior, es más frecuente que aves, tortugas y mamíferos marinos queden atrapados en redes o consuman macroplásticos en las playas continentales, pero con bajo riesgo de ingerir microplásticos. El caso contrario ocurre en las islas, donde se acumulan los pequeños fragmentos, pudiendo ser confundidos por plankton o algas por los peces, pero disminuye la posibilidad de que grandes especies queden enredadas.

Además Thiel añade, “que aquí tengamos menos incidencia de micro plástico, probablemente, se debe a que aquí hay menos concentración, y eso se debe a que nosotros tenemos la Corriente de Humboldt, que es un sistema de surgencia donde surgen aguas profundas,  y eso en realidad significa que las aguas superficiales donde están los plásticos se alejen de la costa”, aseguró.

El giro subtropical del Pacífico Sur, un sistema circular de corrientes que pasa por la costa chilena, peruana y australiana, condensa la contaminación del material derivado del petróleo en su centro, afectando directamente los ecosistemas de las islas chilenas lejanas a la costa continental (Rapa Nui, Islas Desventuradas (San Ambrosio y San Félix) y Juan Fernández (Robinson Crusoe, Alejandro Selkirk, Santa Clara)).

Los análisis de los contenidos encontrados en el sistema digestivo de peces voladores y caballas nativas (ambos son consumidos por los habitantes de la isla) de las aguas de Rapa Nui, demuestran que habían ingerido microplásticos que tenían similitud a su presa natural. Los atunes de aleta amarilla, consumidores del pez volador, contaban con la presencia del material en sus estómagos, pero en menor medida, ya que proviene de los intestinos de su presa. En ambos casos los plásticos pueden ser expulsados del organismo mediante la excreción.

Nanoplásticos: una amenaza microscópica

Un estudio publicado el ocho de marzo en la revista científica Nature Communications asegura que el krill antártico es capaz de degradar el microplástico en fragmentos aún más pequeños, conocidos como nanoplásticos.

Los microplásticos, de aproximadamente 0,0031 milímetros (mm), consumidos por el crustáceo fueron fragmentados en piezas menores a  0,001 mm o una milésima de milímetro (µm), 70 veces más fino que un cabello humano promedio.

Investigaciones previas demostraron que los microplásticos eran simplemente excretados o translocados por el krill, pero el nuevo informe sostiene que el material es fragmentado hasta el punto que es capaz de cruzar las barreras físicas del animal o lo excretan en trozos aún más pequeños.

En este sentido, es importante reconocer la importancia del posible impacto del nanoplástico en el krill, ya que, junto con el plancton, son base de la cadena alimenticia del ecosistema marino. El pequeño crustáceo vive en las aguas frías de los océanos Atlántico, Pacífico y en las cercanías de la Antártida, siendo consumidos por peces, pingüinos, petreles y ballenas.

Las pequeñas partículas del material se acumulan en los tejidos de los consumidores, por lo que afectan a todos los animales de la cadena alimentaria, incluido el humano. Pese a que aún se  desconocen las consecuencias del plástico en el organismo, es necesario estudiar sus posibles efectos a nivel celular, ya que, debido a su tamaño, son capaces de permear la célula animal.

Martin Thiel menciona que “los nanoplásticos si pueden traspasar las barreras celulares en el sistema digestivo. Entonces puede haber incorporación de nanoplásticos en los tejidos. De hecho en algunas especies se ha observado incorporación de microplásticos en los tejidos de choritos, lo  que sugiere que tiene que haber pasado la barrera celular en el tracto digestivo”.

El problema y la solución

Es importante mencionar que todas las investigaciones relacionadas a los efectos del microplástico son realizadas a partir de peces adultos, lo que no permite conocer el efecto durante sus primeras etapas de crecimiento.

Al respecto, el investigador cree que “si un pez adulto, por ejemplo un pez volador o un atún, ingiere un micro plástico, quizás no tenga mucho problema, porque pasa rápidamente por el sistema digestivo. Pero si una larva ingiere un microplástico, éste podría potencialmente tener un impacto mucho más fuerte y básicamente provocar la muerte de esta larva”.

Pese a no existir estudios que especifiquen los posibles daños que generen internamente en animales, Thiel cree que el nanoplástico podría generar inflamación en los tejidos. Además, comenta que los productos elaborados con el material suelen estar revestidos o mezclados con compuestos tóxicos, lo que podría causar impactos negativos asociados a dichos elementos.

El científico piensa que, como sociedad, debemos concientizarnos respecto a la contaminación y el destino de nuestros desechos, sólo así podremos frenar la ingesta de plástico por parte de peces y algunos crustáceos.

En este sentido, Thiel sugiere que “como un sistema de precaución debemos limpiar y reducir las cantidades de plástico que llegan al océano. No hay nada que hacer por el que ya está en el océano. Hay que esperar que el océano tenga el potencial suficiente para autolimpiarse. Pero tenemos que asegurarnos de que ya no le llegue más plástico”, sentenció.

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