Y tú, ¿a cuántas mujeres has leído en tu carrera?

Escrito por el octubre 30, 2017

Me entusiasmé con el tema a tal punto que revisé con detención cada uno de los programas de los cursos que he tenido en seis semestres de Periodismo en la Universidad de Chile. Me puse a contar, uno por uno, cuántos textos estaban escritos por hombres y cuántos por mujeres. El resultado era esperable, pero alarmante de todos modos: 245 versus 35. Era una proporción de siete es a uno.

Foto por Marco Jiménez

libros de hombres
Después de semanas escuchando nombres masculinos como referentes, exponentes, autores o padres de los Estudios Culturales, el profesor pronunció los nombres de dos mujeres: Jane Jacobs y Saskia Sassen.
– Profe, ¿a ellas las vamos a leer?
– No, sólo las quería mencionar.
– ¿Y vamos a leer a alguna mujer en el curso?

– (…)

El profesor tomó el programa del curso y se puso a revisar los autores de los textos.

– ¡Aquí encontré a una! Nelly Richard en la bibliografía complementaria.

Nelly Richard era la única mujer en un programa donde 14 textos eran escritos por hombres.

Este caso particular no es único, así como Nelly Richard no es la única mujer dedicada a los Estudios Culturales. Por suerte, el profesor lo sabía, sólo que nadie le había hecho notar que los paneles de hombres también estaban impresos en nuestras fotocopias.

A la semana siguiente, con un aparente afán reivindicador, el profesor no sólo mencionó a Jane Jacobs y Saskia Sassen, sino que agregó a Beatriz Sarlo y profundizó en sus trabajos.

¿Tuve algo que ver en este cambio o me estoy pasando rollos y la clase siempre estuvo planificada de esta forma?

No pude con la curiosidad y le pregunté directamente al profe. “Sí, me quedó dando vueltas el comentario que hiciste y es verdad, no me había dado cuenta”, me dijo y aseguró que incluiría el texto de Nelly Richard en la bibliografía obligatoria.

Cambios concretos. Pequeños, quizás, pero concretos.

Entre las movilizaciones estudiantiles por la gratuidad, por el fin al CAE, por la condonación de la deuda, se asoma una demanda poco bullada: la educación no sexista, una educación que sea consciente de las desigualdades entre los sexos y que realice acciones para equiparar la situación. Las acciones pueden ir desde instalar protocolos para los casos de acoso sexual en el establecimiento, hasta condenar comentarios sexistas de compañeros y profesores. E incluir autoras en nuestras bibliografías no es un acto menor en esta lucha. De hecho, la palabra es una de las tantas cosas que nos han intentado despojar a las mujeres, pues representa una forma más de poder.

Tal vez, de parte de nuestro profesores la cosa no sea tan conspirativa como suena. Puede que sólo sea costumbre o, efectivamente, haya pocas mujeres en el área. Pero no considerar esta acción como parte de la reivindicación por los derechos de las mujeres contribuye a lo mismo: anular el trabajo femenino de las áreas de conocimiento y relevar una sola perspectiva de los acontecimientos, la masculina.

Queremos leer más a autoras como Nelly Richard, Sonia Montecino, Alicia Entel, Marta Lamas, Silvia Federicci, Hannah Arendt, Teresa de Lauretis, Guadalupe Santa Cruz, Maristella Svampa, Raquel Gutiérrez, entre tantas mujeres que han cultivado distintas teorías que nos han negado.

Después de aquel episodio en clases de Estudios Culturales me entusiasmé con el tema a tal punto que revisé con detención cada uno de los programas de los cursos que he tenido en seis semestres de Periodismo en la Universidad de Chile. Me puse a contar, uno por uno, cuántos textos estaban escritos por hombres y cuántos por mujeres. El resultado era esperable, pero alarmante de todos modos: 245 vs 35. Era una proporción de siete es a uno. ¿Te das cuenta? Multiplica por SIETE la cantidad de textos de mujeres y recién se podrán igualar las cantidades. Y eso que en muchas otras carreras el panorama puede ser aun peor.

Todo este problema es parte de un sistema llamado patriarcado que inunda todas las esferas de la sociedad, en especial el campo académico, que decide qué palabras son más importantes que otras e, incluso, se refiere a «hombre» como sinónimo de personas. Es cierto, no lo vamos a destruir así como así. Pero no es difícil remecerlo un poquito, incomodarlo y ajustar pequeñas cosas, pues lo fundamental está en nuestras acciones cotidianas… Acciones cotidianas que generan cambios concretos.

La invitación es a que este particularísimo caso de mi clase se replique en los distintos establecimientos educativos y se vuelva una exigencia constante de todos y todas nosotras. Puede que, al igual que yo, se sorprendan y que la recepción sea tan buena como la de mi profesor de Estudios Culturales.

Exigimos más autoras en nuestras bibliografías para que no repasemos una y otra vez los mismos enfoques discutidos y refutados entre los mismos hombres de siempre. Exigimos más autoras en nuestras bibliografías para que cuando vayamos a citar alguna idea no sea de los mismos hombres de siempre. Exigimos más autoras en nuestras bibliografías porque existen y queremos conocerlas. Exigimos más autoras en nuestras bibliografías porque hay que destacar sus trabajos y relevarlas como sujetos constitutivos de la historia y del saber académico. Y, sobre todo, exigimos más autoras en nuestras bibliografías, porque tienen mucho que decir y nosotros mucho que aprender de ellas. 

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