Premio Nacional de Literatura: “la poesía esta un peldaño más arriba que la vida corriente”

Escrito por el septiembre 13, 2016

por Javiera Soto Tejo

La habitación en la que Manuel Silva Acevedo se encuentra tomando desayuno es pequeña. Pero no son para nada pequeños los recuerdos que tiene plasmados en las paredes, fotos con su familia y algunas pinturas que le han obsequiado sus conocidos. Ahí, el ganador del Premio Nacional de Literatura tiene todo lo necesario para llevar su inspiración de la mano de la poesía: un escritorio, un computador y una biblioteca que guarda libros marcados por el paso de los años.

¿Nos podría contar quién es Manuel Silva?

Soy un poeta de clase media, nací en el barrio ubicado entre las calles Carrera, Sazié, República y Almirante Latorre. Mi padre era funcionario público y mi mamá dueña de casa. Me eduqué en una escuela parroquial que había en la calle Vergara y después quise ir al Instituto Nacional. Para eso, salía por la calle Carrera a la Alameda, tomaba el tranvía y me bajaba en Arturo Prat. Di un examen de admisión y para fortuna mía quedé aceptado.

Ya en la Academia de Letras del Instituto Nacional el poeta, en ese entonces con quince años, se encontró con quienes serían las próximas figuras literarias de Latinoamérica como Antonio Skármeta, Carlos Cerda y Antonio Rojas. La formación que tuvo junto a ellos fue decisiva en su vida, incluso “más que el colegio mismo, más que los profesores”, admite. Pero su gusto por las letras se remonta a los tiempos de su infancia con su abuelo, quien inventaba historias con los vecinos del barrio y le regaló el primer libro que llegó a sus manos: “Viaje al centro de la Tierra” de Julio Verne.

¿Qué sintió cuando le avisaron que era el ganador del Premio Nacional de Literatura? ¿Esperaba recibirlo?

La verdad es que no lo esperaba porque había 18 postulantes y postulantas, de modo que el resultado era muy aleatorio. Además, había un jurado conformado por dos rectores y una ministra, que son personas que no necesariamente están al día con la poesía. Me sorprendió. Según me dijeron, Jaime Espinosa (rector de la UMCE) es profesor de castellano y que como tal, tendría mayor información sobre literatura chilena, pero el rector Vivaldi muy tangencialmente podría haber leído algo.

¿Cree que debería cambiar la organización del jurado?

Me parece que hay un proyecto para trasladar el premio al Ministerio de Cultura, que es donde debería estar y por supuesto que eso significaría cambiar la constitución del jurado. En ese caso podría estar constituido por personas del ámbito literario del país, por escritores, poetas, académicos del área. Yo creo que así la cosa sería más certera. Pero todo demora en Chile – menciona entre risas – , las reformas son muy lentas.

En los ’70 comenzó a trabajar en el área publicitaria de la Editora Nacional Quimantú, donde hacía la difusión de prensa, junto a otros compañeros, de las colecciones de libros y revistas que se publicaban: “Quimantú para todos”, “Nosotros los chilenos”, revista “Onda” y “Cabro Chico”. Sin embargo, entre 1959 y 1960 se vio interesado en la militancia política. Con un compañero ingresó a las Juventudes Comunistas, pero “él perseveró, yo no, porque preferí el camino de la poesía”. Tiempo después militó en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), hasta el triunfo de Salvador Allende. Asegura que fue allendista desde los 10 años, “desde esa edad marché por Allende de la mano de mi papá el año 52’ por la Alameda”.

Actualmente, ¿cómo ve a la política?

Veo al país desorientado, no se habla tanto del liderazgo, que es útil. La clase política está muy desprestigiada, no está empoderada como para impulsar cambios y liderarlos. Por otro lado, el movimiento estudiantil, si bien tiene una base muy legítima en su protesta, ha derivado a situaciones de violencia que son desagradables.

No estoy acostumbrado a eso, así no se hacen las cosas. Me gusta cuando hay más creatividad en las movilizaciones, como las hubo en el pasado. Falta liderazgo también en los movimientos, liderazgo bueno, de calidad, inteligente y creativo. En este país todavía subsisten poderes fácticos, gente que puede adentrarse en una aventura golpista, teniendo como pretexto que el país está muy desordenado. Es peligroso.

En cuanto a sus gustos literarios, ¿cuáles son sus autores favoritos? ¿Le gusta leer algo en específico?

Leo a los poetas, de todo el mundo y de todas las épocas. Son mi alimento, empecé de niño en el Instituto Nacional leyendo a Walt Whitman y la “Residencia en la Tierra” de Pablo Neruda. Luego pasé por todos los poetas “malditos”, los poetas franceses: Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Lautréamont y en la actualidad me gustan los poetas que no caen en el facilismo ni en la chacota.

¿Cómo comienza un proyecto literario?

Comienza, como decía Gonzalo Rojas, con un zumbido, y después viene el relámpago. En mi caso, primero surge como una palabra, una frase o una oración, una oración en el amplio sentido de la palabra. Es como la punta del iceberg que de repente se deja ver y te gusta esa frase u oración, encuentras que ahí hay algo y entonces vas a buscar más. Por ahí tengo unos versitos que dicen: “no sé qué busco, no sé dónde buscarlo, no encuentro lo que busco, pero sigo buscando”, yo creo que esa es mi ley motriz en poesía.

¿Hay un libro en particular que haya disfrutado escribiendo?

Hay uno en particular, que es el libro que más reconocimiento me ha dado: Lobos y Ovejas. El poema ha tenido varias ediciones y ganó el concurso literario “Luis Oyarzún” de la revista Trilce en Valdivia. En la Universidad Austral, con un jurado que estaba presidido por Enrique Lihn, Omar Lara, Silverio Muñoz, distinguieron este poema en el 1972. El premio era la publicación del poema, pero como pasó lo del ’73 quedó postergado hasta nuevo aviso.

Tras tres años de espera, en 1976 la galería Paulina Waugh, ubicada en la calle Dardignac con Constitución publicó el libro. Hicieron un plaquette -impresión en formato pequeño- que fue presentado por la galerista del mismo nombre y el periodista y amigo suyo, Santiago del Campo. Pero en un atentado incendiario se quemó gran parte de aquella versión. Según el poeta, “eso rodeó al libro de una cierta aura de misterio y una especie de leyenda. Es el libro que más valor ha tenido para mí”.

¿Cuál fue la inspiración que tuvo para escribirlo?

Misterio. Los lobos son parte de una doble naturaleza y las ovejas de otra. Por algo el libro no se llamó Lobos y Corderos, porque éstos tienen otra connotación. En cambio las ovejas representan la mansedumbre, el sometimiento, la sumisión, el no pensar, sino ir con el rebaño y el lobo es la individuación, entonces aquí surge esta doble naturaleza. El lobo no necesariamente representa al ser sanguinario que se come las ovejas, sino que se aparta del rebaño para alcanzar su individuación. Yo creo que eso quise decir con el libro, pero ha habido distintas interpretaciones, incluso algunos dijeron que era una alegoría del golpe.

¿Qué piensa sobre los poetas chilenos? ¿Cree que Chile es un país de poetas, como dicen algunos?

Yo creo que sí, que hay una cosa subyacente en Chile que tiene que ver con la naturaleza, que es bastante brutal y muy dulce también. Lo único que diría es que ojalá los poetas que van surgiendo tengan la percepción de esa cosa misteriosa que encierra la poesía y que no se entreguen al facilismo, al ingenio fácil. Yo creo que la poesía esta un peldaño más arriba que la vida corriente. Creo que hay un legado de poetas inolvidable que está latente y puede ser aprovechado por los jóvenes poetas. Que acudan a ese legado, que paren la oreja porque es una búsqueda.

¿En qué está hoy tras haber ganado el Premio Nacional de Literatura? ¿Tiene algún proyecto a futuro?

Todavía estoy bajo el impacto del premio. Ahí vamos a ver también qué es lo que sale, tal vez siga la misma línea que he seguido con libros que he publicado, como “Crónicas poéticas”, “Lazos de sangre” y ahora último, “Antes de doblar la esquina”. Yo creo que esa es la línea que más me atrae, escarbar en mi historia familiar, en El mi pasado, me entretiene mucho.

Finalmente, el autor de “Perturbaciones” (1967) deja de lado su taza de café y las galletas y posa para la cámara junto al retrato que le hizo la artista Eli Godoy, esposa del poeta Waldo Rojas. Vivía en Las Vertientes (San José de Maipo) cuando el ave y la bufanda roja enrollada en su cuello pasaron a formar parte de la vida eterna de ese retrato.

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