[Opinión] Allende y los compañeros caídos tuvieron una profunda razón para vivir, luchar y morir

Escrito por el septiembre 8, 2017

Por Hervi Lara

No puedo sin la vida vivir.

En más de alguna encuesta o estudios de opinión me han preguntado por el período de mi vida que considero más feliz.  Nunca he dudado en mi respuesta y siempre los interrogadores han puesto una expresión de asombro: los tres años de la Unidad Popular.  En aquellos tres años la existencia no consistió  en la cantidad de bienes acumulados, sino en la posibilidad de vivir con fe, esperanza y solidaridad.

La Unidad Popular levantó utopías que nos abrieron caminos hacia el futuro.  Nacieron valores que otorgaron sentido a la vida personal y social.  Se realizaron prácticas para cambiar las relaciones sociales.  Hubo énfasis en la producción económica sin negar la poesía y la gratuidad.  Se establecieron vínculos fraternos con todos los pueblos y culturas.  Los jóvenes de entonces conocimos la esperanza porque estuvimos inundados de visiones, de imaginación y de creatividad solidarias en las escuelas, en las Universidades, en los centros de arte, en los medios de comunicación.  Se había revertido la historia.   Esta no era considerada una fatalidad, sino que dependía de nuestra acción.

La Unidad Popular, en lo sustantivo, consistió en el traspaso del poder desde los antiguos grupos dominantes a los trabajadores, al campesinado y a sectores lúcidos de la clase media, terminando con el poder del capital monopolista nacional, latifundista y transnacional.  Fue un privilegio haber vivido plenos de esperanzas y sentido profundo de nuestras vidas.  La Unidad Popular significó una nueva concepción del Hombre, de un empuje de la humanidad hacia adelante, de un acceso al socialismo, a una sociedad nueva que nos comprometió hasta lo más profundo de nuestro ser.

Es por ello que el golpe de Estado, la dictadura y la post dictadura se nos han presentado tan violentos y horrorosos.   Hemos quedado encadenados, humillados, enfermos de miedo, sin manera de medir la profundidad de las heridas de nuestro espíritu.  Sin embargo, hemos podido seguir viviendo, aunque impotentes y rodeados de policías, soldados y traidores, observando los “levantamientos de  cadáveres”, denunciando los secuestros y los crímenes abominables que no han podido ser acallados aunque se mantengan en la impunidad.   Los responsables pretenden arrancar  todo vestigio de sus crímenes.  Pero se ven acorralados por quienes no tenemos derecho a olvidar, porque el amor y la justicia  son posibles.

Cuando el corazón se endurece y se reseca, con mayor razón debemos acudir en búsqueda de los más altos valores humanos.  Cuando la actividad tumultuosa nos envuelve y nos dificulta ver más allá de lo inmediato, debemos levantar la vista para no caer en las trampas de la “guerra sin cuartel” declarada en contra del pueblo por quienes han jurado defenderlo y por quienes se han apoderado “con mano ajena” de los bienes que son comunes.

Caminamos con tristeza.  Nuestros compañeros deberían haber seguido viviendo para embellecer la tierra.  Para anunciar a los excluídos que  es posible la redención.  Para sanar a los afligidos por la injusticia y la explotación.  Para dar vista a los ciegos y oído a los sordos.   Allende y los compañeros caídos tuvieron una profunda razón para vivir, para luchar y, por esa misma causa, fueron capaces de morir.  Caminamos con dolor.  Pero toda dignidad se basa en el dolor que implica la transformación  del mundo.  Allende siempre tuvo presente que si lo asesinaban, el pueblo seguiría su ruta, seguiría su camino con la diferencia de que las cosas serían más duras, más violentas, porque la experiencia indicaba que la gente de derecha no se detiene ante nada.  El proceso social podría demorarse y prolongarse, pero no podrá detenerse.

Caminamos sin olvidar que la Unidad Popular fue atacada y bloqueada por el imperialismo norteamericano y sus lacayos internos.  Pero tampoco olvidamos que tuvimos trabajo, salario digno, vivienda, salud, alimentación, vacaciones, arte, educación, esperanza, humanización, alegría, seguridad, respeto, sentido de la vida.

Al recordar a Allende y a la Unidad Popular, vienen a nuestra memoria aquellos versos del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, quien nos visitó tantas veces:

“Te mataron y no nos dijeron dónde enterraron

tu cuerpo,

pero desde entonces todo el territorio nacional

es tu sepulcro,

o más bien: en cada palmo del territorio nacional

en que no está tu  cuerpo, tú resucitaste.

Creyeron que te mataban con una orden de ¡Fuego!.

Creyeron que te enterraban y lo que hacían era

enterrar una semilla”.

Santiago de Chile, 6 de septiembre de 2017.

Para Radio Juan Gómez Millas.

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