Lucho por mi historia: Miguel Littín
Miguel Littín ha dirigido películas emblemáticas para la cultura chilena. En este perfil hacemos un recorrido por su historia y su inspiración: La Palmilla, su tierra natal.
Por Alen Escanilla
Nacido en La Palmilla, en 1942, Miguel Ernesto Littín Cucumides es uno de los directores más destacados del llamado “Nuevo cine chileno”. Es descendiente de inmigrantes árabes y griegos por sus abuelos, siendo de origen griego su madre, Cristina, y palestino su padre, Hernán. Estudió teatro en la Escuela de Arte Dramático de la Universidad de Chile. Su contacto con la actividad fílmica se estableció a través del Centro de Cine Experimental, donde proyectaban películas que son para Littín: “las primeras expresiones de un cine más auténtico, más en relación con la realidad y con su propio tiempo”, como declaró en una entrevista en Primer Plano de la editorial Quimantú.
Debutó como director con Por la tierra ajena (1965), filme basado en una canción de Patricio Manns. Luego, en 1969, estrenó El chacal de Nahueltoro, película que impactó no solo al medio chileno, sino que ha sido una pieza fundamental del patrimonio fílmico del país.
Con ello alcanzó notoriedad pública, por lo que Salvador Allende lo designó como cabeza de Chile Films en 1971. Tras el golpe de Estado de 1973, partió a un largo exilio en México y España, desde donde continuó una prolífica carrera internacional con filmes nominados al Oscar como Actas de Marusia (1975) y Alsino y el cóndor (1982). Su regreso clandestino a Chile en 1985 para filmar un documental sobre la dictadura fue inmortalizado por Gabriel García Márquez en el libro La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile.
Con el retorno a la democracia este volvió finalmente a Chile. En 1992 cumplió un viejo sueño al ser elegido alcalde de su pueblo natal de La Palmilla. Dos años después filma, teniendo como escenario su propia región, su primera película desde el retorno, «Los Náufragos», que trata justamente de un chileno que vuelve a su tierra tras un largo exilio. Ha mantenido una incesante actividad como director, guionista y escritor, con obras como Dawson, Isla 10 (2009) y Allende en su laberinto (2014). En 2023 incursionó nuevamente en la política, siendo elegido como miembro del Consejo Constitucional. Hasta el día de hoy, Littín sigue siendo un referente artístico e intelectual, cuya obra explora incansablemente la memoria, la identidad y las fracturas de la historia de Chile.
Volvamos a la Palmilla…
«…se siente de veras un olor inmóvil de naranjas agrias, y hay una fronda de buganvilias y toda clase de flores luminosas», dijo en el testimonio inmortalizado en crónica por Gabriel García Márquez, en La Aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, refiriéndose a la casa de su infancia. En la actualidad vive en la misma localidad de Palmilla, solo que no en la misma casa dueña de sus nostalgias. “A veces me entretengo viendo pasar la luz por el follaje en esta época del año, cuando hay una iluminación de otoño tan característica y bonita” dice a Rodrigo González para una entrevista en La Tercera el 2020.
Poco más de diez mil habitantes tenía la comuna de la provincia de Colchagua el año en que Miguel nació. La vida del pueblo giraba en torno a la estación del ferrocarril. Originalmente, Palmilla fue un punto en donde terminaba la línea de tren que fue construida con el Ferrocarril del Ramal San Fernando-Pichilemu. Aunque luego el tren continuó hacia la costa, la estación siguió siendo una parada obligatoria. Esto le dio al lugar una mejor conexión con otras partes del país, así como acceso a aspectos culturales que Littín aprovecharía.
«Fue allí -en el huerto de su abuela en Palmilla- donde se proyectaban también las pocas películas que pasaban de vez en cuando por aquellos andurriales, y donde se me reveló la vocación desde que vi la primera, a los cinco años, sentado en las rodillas de la abuela».
La importancia de Palmilla no solo radica en su mención durante los trabajos de su carrera, ni tampoco que haya sido el sitio principal de filmación para su película La tierra prometida, sino los valores y aprendizajes que cultivó en los huertos de su abuela, para cosecharlos durante el resto de su vida, e inscribir en sus direcciones con total intencionalidad una realidad marginalizada que dice amar con su alma.
Bajo la superficie de la vida cotidiana dentro de La Palmilla existía una creciente tensión social. La zona central de Chile en esas décadas era el corazón del sistema de latifundios, con una marcada desigualdad entre terratenientes y campesinos. La atmósfera estaba cargada por las conversaciones sobre la reforma agraria, los derechos de los trabajadores y las primeras organizaciones campesinas, temas que definirían el futuro político del país. «Por otra parte, la filmación en el Valle Central quería hacerla yo mismo, por ser la región donde nací y viví hasta la adolescencia», dice en La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile.
Miguel Littín se convirtió en alcalde de la pequeña ciudad entre 1992 y 1994 y de nuevo entre 1996 y 2000, cumpliendo así un sueño antiguo. El compromiso con su comunidad de origen nunca se extinguió, ni siquiera luego de haber conocido mucho del vasto mundo.
«La aldea de Palmilla, con sus poquitos habitantes, sigue siendo igual a cuando yo era niño». En 2023, su compromiso con la comunidad tomó otras dimensiones. Ese año fue elegido como miembro del consejo constitucional representando a la región de O’higgins. Su video de presentación de ese entonces, que puede encontrarse en la página del partido socialista, habla sobre su deber como representante: “Ahora tengo un compromiso con mi región, el desarrollo de ella (…) Voy a asegurar una educación para todos los hijos de campesinos”. En el último censo completo de la comuna de Palmilla, en 2017, dice que solo un 11% de los habitantes pudo acceder a la educación superior, de los cuales solo el 70% la completó, según Enciclopedia Colchaguina.
Cristina: Un ancla en altamar
El vínculo de Littín con sus raíces árabes no nació de los libros, sino de los relatos de Cristina. Ella era el puente vivo hacia Palestina. Su cabello era de un negro intenso, heredado de una madre griega y de un padre palestino, y fue ella quien le transmitió la historia de su abuelo, un inmigrante palestino que echó raíces en el campo chileno. En un hogar mestizo, Cristina se convirtió en la protectora de esa memoria diaspórica, asegurándose de que la historia del exilio original de la familia no se perdiera.
Esa fortaleza de la mujer que preserva la historia no es una idea abstracta en su cine; es el eco directo de Cristina. Sus personajes femeninos a menudo son así: mujeres resilientes que, contra viento y marea, sostienen el mundo y se niegan a olvidar.
La escena más desgarradora que ilustra este lazo ocurre durante su regreso clandestino a Chile. Llegó con la apariencia completamente cambiada, parte del plan para asegurarse de que su identidad no fuera descubierta mientras grababa Acta general de Chile, documental que filmó de manera ilegal durante la dictadura. Antes del reencuentro ‘real’, Littín se encontró con una de las amigas de su madre en las calles de Santiago, con su apariencia de empresario paraguayo, cejas depiladas, sin barba y con lentes. Se aterrorizó con la idea de que su madre se enterara por boca de su amiga, pero no fue reconocido.
Cuando, en un impulso, visitó a su madre en la casa antigua de la infancia, temió que no lo reconociera en su cascarón, en su antítesis personal: «Mi cara y mi apariencia estaban tan cambiadas por la ropa y el maquillaje, que ni mi propia madre había de reconocerme a plena luz unos días después». Y así fue. Al verla, su madre no lo reconoció, y le dijo con amabilidad a ese extraño: «Debes ser un amigo de mis hijos». La insistencia de él -«Pero mírame bien, Cristina (…) Soy tu hijo, Miguel»-, y finalmente, un reencuentro.
El impacto que tuvo en él su experiencia en el exilio y el desarraigo vivido, terminó por inspirarlo más adelante en su película Los náufragos, que trata sobre el doloroso y melancólico regreso de un exiliado político a Chile después de 20 años, y su lucha por reconciliar sus recuerdos y sus ideales con un país que ya no reconoce. Esta idea se ilustra a la perfección en el relato de García Márquez, cuando Littín descubrió que su madre reconstruyó su oficina ejemplarmente: «Después que los militares allanaron la casa por última vez y tuve que irme para México (…), mi madre contrató un arquitecto amigo que desarmó el estudio tabla por tabla, y lo reconstruyó idéntico en la vieja casa familiar de Palmilla (…) dentro era como si no me hubiera ido nunca. En el mismo lugar en que yo los había dejado; aún en el mismo desorden, estaban mis papeles de toda la vida (…) en aquel instante no pude precisar si mi madre había hecho aquella reconstrucción meticulosa para que yo no extrañara mi casa de antes si alguna vez regresaba, o para recordarme mejor si me moría en el exilio».
Denunciando en 16 mm
La identidad de Miguel Littín es un mestizaje, un mapa que se extiende mucho más allá de las fronteras de Chile. Esa sensación de ser un «extranjero en su propia tierra» tiene un origen claro: su herencia palestina y su exilio en dictadura. Su abuelo paterno fue un inmigrante nacido en Beith Sagur, parte de esa primera oleada de árabes que llegaron a un país lejano para intentar construir una mejor vida lejos de los conflictos en sus países. Esta dualidad lo marcó para siempre, dándole una perspectiva única sobre lo que significa pertenecer a un lugar.
Para Littín, esta conexión familiar se transformó rápidamente en un compromiso político y cinematográfico. Su cine no se limita a explorar sus raíces por nostalgia, sino que se convierte en una plataforma para la causa palestina y, por extensión, para muchos grupos segregados. Ha defendido activamente el derecho a existir del pueblo palestino, entendiendo que la historia de su abuelo es parte de una historia mucho más grande de despojo y resistencia.
Así, la «desaparición» del territorio palestino resuena con una fuerza particular en su filmografía, que está obsesionada con la pérdida, la memoria y el exilio forzado en la dictadura chilena. La patria perdida no es una metáfora, es una realidad tangible tanto en la historia de su familia como en la de su país. Esta visión encuentra un doloroso espejo en otras tragedias latinoamericanas, como el largo exilio provocado por la dictadura en Paraguay, tejiendo una red de solidaridad continental a través de su cámara.
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