«La primavera del Ictus»: el Caso Degollados desde las tablas
La noche del sábado 30 de marzo de 1985, el Teatro Ictus preparaba una nueva función de la obra “La primavera y mi país tienen una esquina rota”. Basada en la novela de Mario Benedetti, cuenta la historia de Santiago, un prisionero político de la dictadura en el Uruguay, y su familia exiliada, entre ellos su padre, Don Rafael. Quien le daría vida a Don Rafael en Chile estaba pasando por una situación parecida. El día anterior, en la mañana del 29 de marzo, agentes de la dictadura militar habían secuestrado a tres militantes del Partido Comunista. Entre ellos se encontraba José Manuel Parada, hijo del actor Roberto Parada. Entre la incertidumbre, había una certeza: Don Roberto extrañaba a José Manuel, así como Don Rafael extrañaba a Santiago. Hoy en Crónicas Sonoras de Radio JGM te traemos: La primavera del Ictus.
Por Milena Adrian Bravo

Fotografía del Archivo de la Vicaría de la Solidaridad
El teatro y la primavera
En su larga trayectoria, el Teatro Ictus se ha caracterizado por la comedia y la crítica, pero en dictadura destacó además por su resistencia. Por sus camerinos han pasado destacados actores y actrices nacionales, como Roberto Poblete, quien llegó al Ictus a finales de los años 70 y formó parte del elenco original de «La primavera y mi país tienen una esquina rota”.
Para Roberto Poblete, el teatro es siempre político y debe ser capaz de reflejar y canalizar lo que ocurre en la sociedad. Eso es lo que hizo el Ictus durante la dictadura y hasta el día de hoy: entregó al público un espacio de libertad, uno de los pocos que resistieron en esa época.
Fotografía de Teresa Migliassi
El Ictus me llamó la atención siempre, porque tenía una actitud muy inteligente y crítica contra esta cultura de la muerte. el teatro comenzó a desarrollar una suerte de militancia política en la cultura de la vida, de la esperanza y de poder decir: estamos en una noche oscura, pero ya viene la luz de la mañana.
En 1983, en un viaje a un festival de teatro en Venezuela, la comunidad del Ictus se encontró con teatristas, actores y actrices de toda Latinoamérica, vieron muchas obras, pero también algo muy doloroso: una gran cantidad de personas exiliadas. Una herida que compartía todo el Cono Sur, bajo el terror de las dictaduras: el exilio era algo muy latinoamericano.
“Primavera con una esquina rota”, la última novela del escritor Mario Benedetti, puso en palabras la historia de todo un continente: Santiago es un joven militante, que sufre las torturas de la prisión política en el Uruguay de tiempos de dictadura, mientras su familia sobrevive al exilio en México.
El libro se transformó en motor para el elenco del Ictus, que comenzó a trabajar en su adaptación teatral e incluso viajaron a Montevideo para conocer el escenario original donde transcurre la historia. Era una realidad no tan lejana a la chilena. “En esa historia, que supuestamente ocurría en el Uruguay, la gente se veía completamente reflejada con lo que había pasado en Chile y todo el mundo hablaba de sus dolores. No había nadie que no conociera a alguien que estuviera exiliado”, contó Poblete.
La obra se estrenó en 1984 y fue todo un éxito, generó una fuerte conexión con el público. Santiago fue interpretado por Nissim Sharim y su padre, Don Rafael, por Roberto Parada, una eminencia en el teatro chileno y artista invitado al elenco, junto a un joven Héctor Noguera, quién lo recuerda con afecto.
Fotografía de Karina Fuenzalida, Banco de Imágenes de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Además de su talento artístico y profesionalismo, era muy fácil de establecer con él una relación de amistad, de cariño, de admiración hacia él”, comentó su compañero de camerino.
Roberto Poblete fue su alumno. Eran cercanos y compartían el amor por la poesía: “Don Roberto me enseñó en su casa un día, me hizo clases de la estructura de la poesía, la décima (…) José Manuel, que estaba ahí, me dijo yo te voy a enseñar a escribir décimas y me escribió una décima, donde se explica cómo se hace una décima”.
El secuestro
En la mañana del viernes 29 de marzo de 1985, José Manuel Parada y Manuel Guerrero fueron a dejar a sus hijos al Colegio Latinoamericano en Providencia. Conversaban en las afueras del recinto, cuando de pronto un auto se detuvo frente a ellos. Se bajaron tres sujetos, que los agarraron violentamente, los metieron al vehículo y los llevaron a un cuartel de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (Dicomcar), donde fueron brutalmente torturados.
José Manuel no aparecía y su familia estaba desesperada. Todo el Ictus se movilizó en una intensa búsqueda, un operativo urgente. Fueron a hospitales, a la morgue, al Instituto Médico Legal (IML). Llamaron a todas partes y preguntaron incansablemente por alguna información. Sabían que en cuanto supieran dónde estaban, tenían posibilidades de salvarlos.
Llegó la hora de la función y Roberto Parada era implacable con su compromiso como actor. “Él no quería que la función se suspendiera. Es complejo esto, porque uno puede tener cualquier preocupación, pero debemos honrar el compromiso que hicimos con la gente que llegó. A tal hora se levanta el telón, a tal hora empieza la función y vamos a hacer a lo que vinimos”, explicó Poblete.
Primer acto
La función comenzó puntual a la hora pactada. El primer acto terminaba con una escena donde Santiago (Nissim Sharim) era liberado en Uruguay y partía al exilio con su familia. Llegaba con una maleta y entraba por el pasillo central del teatro para abrazar a sus seres queridos.
– Entra Nissim, abraza a su padre (Don Rafael) y entra una mujer, que también tenía una maleta chica. La tira y se abraza con Don Roberto (Don Rafael). Don Roberto, emocionado. Nadie habla. Nissim se queda mirando y se da cuenta quién es, porque la conoce. Entonces, le explica al público y dice: «Ella es la hija de Don Roberto. Es Soledad Parada, que viene llegando en este minuto del exilio».
Intermedio
Cuando a Soledad le dieron permiso para volver a Chile, corrió al aeropuerto con lo puesto, compró el primer boleto de avión y voló de vuelta a su país. Apenas la nave tocó la loza del Aeropuerto de Santiago, fue directamente al teatro a abrazar a su padre. Durante el intermedio, Soledad bajó a los camarines. Roberto se limpiaba la cara con una toalla, cuando un par de golpes se escucharon en la puerta del camerino que compartía con Héctor Noguera, quién aún recuerda ese momento:
– Entra al camarín y le dice: «Papá, encontraron a José Manuel». Roberto dijo «muerto» y ella asintió con la cabeza. Roberto se sentó en una silla, apoyó la cabeza en una mano y dijo «pobre mamá».
Noguera salió y los dejó solos, padre e hija. Miró atrás un segundo y vio a Don Roberto con una segunda mano sobre su cabeza. Estaba replegado, acorazado entre sus brazos. José Manuel estaba muerto. A su hijo lo habían asesinado, a su hijo lo habían degollado.
Minutos después, Roberto Poblete entró al camarín:
– Nos quedamos mirando con Don Roberto, no dijimos nada, pero uno de los dos dijo en ese minuto «En este país ya no se respeta ni la Ley de la Selva», que es un verso de Nicanor Parra. Era un código de gente que lee poesía, pero lo divertido es que no me acuerdo si lo dijo él o lo dije yo. Ese verso apareció ahí, en ese minuto. «En este país ya no se respeta ni la Ley de la Selva».
La función debe continuar
El elenco se encontraba fuera del camarín, esperando continuar con la función, cuando recibieron la noticia. Se acabó la búsqueda y llegó la desolación al cuerpo y alma de los presentes. Claudio Di Girolamo dijo: «Paramos», y el resto del elenco concordó unánimemente. El actor se subió al escenario y dio el anuncio: «Encontraron a José Manuel, el hijo de Don Roberto, y no vamos a seguir. Disculpen, no se puede continuar».
El elenco se encontraba tras bambalinas y ya había dejado atrás la función del día. No obstante, Noguera recuerda una particular decisión:
– Apareció Don Roberto y nos pregunta: «Bueno y ¿qué pasa, que no continúa?». Nosotros pensamos que la obra se iba a parar. Quedamos todos atónitos y lo miramos. «¡Hay que seguir!», dijo.
Asimismo, Roberto Poblete agregó:
– Cuando le dicen a Don Roberto que ya no va a haber segundo acto, él dice: «¡No, eso es lo que ellos quieren, que no seamos capaces de hacer lo que tenemos que hacer! Por favor, ¡sigamos!». ¿Y qué íbamos a hacer, si él lo pide?
La función debe continuar. En el libro “Autobiografía de mi padre”, Héctor Noguera describe este espíritu como una sensación de sacralidad del teatro, que va más allá de lo heroico. “Veo cómo don Roberto se muestra a sí mismo para decir que puede ser todavía un personaje (…) incluso ahora puede poner una máscara por sobre el peor de los desenmascaramientos”, reflexionó.
Por más que le hubieran quitado, Roberto Parada siguió.
Segundo acto
Se abrió el telón y la sala, que ya estaba llena, ahora estaba repleta. Había gente sentada en el suelo, en los pasillos y en la entrada. Todos con flores en la mano. Roberto Parada apareció en el escenario como Don Rafael, el padre de un prisionero político, pero en ese momento era el padre de un recién ejecutado político y su voz se hizo más nítida que nunca. Estaba hablando de su hijo.
Era la historia de un hijo militante, un hijo que estaba ahí, donde había que estar, y que cayó preso por su consecuencia con su forma de pensar. José Manuel Parada era sociólogo y trabajaba en la Vicaría de la Solidaridad. Luchaba por los Derechos Humanos y era muy cercano a la gente que sufría. Defendía y protegía la vida de personas detenidas, torturadas, y de quienes huían.
Roberto Parada, a través de Don Rafael, pronunciaba palabras que probablemente también habría intercambiado con José Manuel. Todo lo que él decía era ficción y realidad al mismo tiempo. “Como si estas palabras que ahora tenemos que decir en voz alta rompieran la antigua promesa del teatro, la antigua promesa de las semejanzas. Esa que dice, que existe una diferencia entre las palabras que prometimos dar vida y los acontecimientos a los cuales hacemos referencia”, expresó Noguera en el libro “Autobiografía de mi padre” (2022).
Era algo que estaba viviendo. No era sólo una interpretación, es un sentir propio. La identidad es una palabra que rompe la semejanza y eso era romper el teatro. Roberto Parada no quiso renunciar a la interpretación, a la semejanza, al teatro.
Al terminar la función, el intérprete de Don Rafael se dirige al público y dice: «Dedico esta función a la memoria de mi precioso hijo».

Fotografía de Luis Poirot
El duelo
El Teatro Ictus estaba completamente sobrepasado de gente. No se podía caminar entre tantas personas que habían llegado en señal de respeto a Parada y su familia. Estaba todo el mundo del teatro chileno. Actores, actrices y estudiantes entraban en silencio, subían al escenario y dejaban flores. Claveles rojos colmaban las tablas. La escena se transformó en un espacio de apoyo y acompañamiento a la familia y también de encuentro de un pueblo conmocionado ante el horror. Roberto Poblete nunca olvidará esa emoción:
– Estábamos todos traspasados por una sensación de mucho dolor, una gran impotencia y una sensación de que nunca nos íbamos a terminar de sorprender, hasta dónde somos capaces de llegar los seres humanos. Esa sorpresa permanente frente a la violencia. No permitir que la violencia, a pesar de que nos cae al lado, encontrar que eso es natural. No naturalizar nunca las relaciones de agresión, por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia.

41 años después …
Han pasado más de 40 años y Roberto Poblete es parte del elenco de “Primavera con una esquina rota”, una adaptación de la obra estrenada en 1984 en el mismo teatro, pero que incorpora su historia en honor a los artistas chilenos que resistieron y padecieron la época más oscura de nuestra historia como país y como pueblo.

Roberto Poblete interpreta a Don Rafael, el personaje que alguna vez encarnó su maestro, Roberto Parada. Es una obra dolorosa para Poblete. Cada noche saca la costra a una herida que sigue ahí. No obstante, lo hace con un profundo sentido de honor y belleza sobre el dolor, aquel con el que otro actor trabajó en circunstancias tan adversas.
– Para mí la gran enseñanza y el gran resumen de esto es lo que él dice: «Eso es lo que ellos quieren, que no seamos capaces de hacer lo que tenemos que hacer». Lo que tenemos que hacer las actrices y los actores, es hacer teatro, es actuar para nuestro público, para nuestra gente.
Después de varias décadas, Roberto Poblete se sube al escenario del Teatro Ictus y en el segundo acto proclama un monólogo de Don Rafael, aquel que Roberto Parada pronunció justo después de recibir la noticia de la muerte de su hijo:
– Cuando estos verdugos suplician a un hombre, lo maten o no, martirizan también a su familia. Aunque no los encierren, aunque los dejen desamparados y atónitos en sus casas violadas, martirizan a su mujer, sus hijos, sus padres, su vida entera de relación. Cuando revientan a un militante, como fue el caso de mi hijo, Santiago, y arrojan a su familia al exilio involuntario, desgarran el tiempo, trastruecan la historia. No sólo para ese mínimo clan, sino que corrompen los cimientos de toda la sociedad.

Fotografía de Teresa Migliassi
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