La Muerte de Clotario: Cien años de lucha y amor para Clotario Blest

Escrito por el 4 Junio 2018

Así titulaba la Revista Análisis la muerte de Blest, ocurrida el 31 de mayo de 1990. Él, que era un hombre que no pertenecía a este siglo, lo había dejado todo en sus años de lucha obrera y sindical. Con su mameluco azul, su cuerpo frágil se devolvía a la tierra en compañía de quienes los vieron surgir; en la Recoleta Franciscana, don Clota daba sus últimos suspiros. Con él se iban también las primeras luchas y pactos de fe en el movimiento. Despedido multitudinariamente se transformará en sinónimo de consecuencia para el partido de los trabajadores.

Por Patricia Matus de la Parra

Blest dejó su corazón en las calles, en cada marcha sus zapatos gastados recorrieron junto con los gritos y banderas cada injusticia, cada defensa por los trabajadores, por el hombre. Cuestionó desde pequeño cada una de las situaciones que se le presentaban, como cuando  tenía que ir junto a su madre por la puerta de atrás de la casa de los aristocráticos Blest Gana a pedir alimentos y dinero. Sintiendo en el enrojecer de las mejillas de su querida madre, la humillación. O cuando el director de su Escuela lo sacó delante de todos sus compañeros y le dijo “Blest ¿Por qué tiene los zapatos rotos?” y él tuvo que responder frente a la risa de todos sus compañeros “señor, porque soy pobre”.[1]

Llegaba 1990 con la esperanza total de la democracia. El slogan de “la alegría ya viene”, cambiaba por “la alegría ya llegó”. Patricio Aylwin tenía bajo su responsabilidad devolver la seguridad y quitar el miedo de la represión. En ese preciso instante en que Augusto Pinochet hacia entrega del poder, un 11 de marzo, cientos de personas se emocionaban hasta las lágrimas a las afueras del Palacio de Cerro Castillo, junto con aquellas que miraban, alrededor de toda nuestra larga faja de tierra, el término de diecisiete largos años de opresión.

El fundador de la Central Única de Trabajadores (CUT), Clotario Blest, para ese entonces se encontraba un tanto retirado. Los años, el cansancio y lo desgastado de su mameluco azul, hacían notar que ya estaba llegando al final de sus batallas.

Hace un tiempo que se encontraba en su casa derruida y provinciana de la calle Ricardo Santa Cruz. Allí, junto a gatos y palomas, pasaba sus días mirando por un ventanal con vista hacia un peral y un naranjo.

Algunos medios de comunicación volvían a él para consultarle sobre el movimiento de los trabajadores, pero cada vez con menos frecuencia. La revista Análisis y la revista Apsi lograron entrevistarlo en su casa, un poco antes de que sus compañeros de la Asociación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF) lo llevaran a la Recoleta Franciscana. En ésta primera narración se relata lo siguiente: “El creía en la independencia del movimiento sindical y no necesitaba cargos para hacerse escuchar”[2]. En esta última conversación con Análisis, Clotario Blest estaba metido en la cama con su overol azul sobre el pijama, un rosario, rodeado de crucifijos y banderines sindicales, mientras los gatos y las palomas merodeaban amistosos. “La vida, en una palabra, sin dar discursos, son las enseñanzas de Cristo, y punto. El evangelio, Cristo… no hay nada más. Él es el único que puede darnos dignidad”, dijo. Y luego se disculpó. Estaba cansado, quería dormitar un poco.

Clotario deseaba morir en su vieja casa de Ricardo Santa Cruz, con sus gatos y palomas, con sus amigos y secretarios Oscar Ortiz y Francisco Díaz. Pero las cosas fueron un poco distintas. Varios discursos pomposos de quiénes raramente lo fueron a visitar en los últimos años, la aparición inesperada y necesaria del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y un gato blanco que  a metros de distancia le hizo guardia a su cadáver durante su velatorio “quieto, terriblemente quieto”[3].

Se nos va Blest

Es el primero de mayo de 1989. Las masas de trabajadores se instalan aplastantes para dar inicio al acto, entre la multitud se siente vociferaciones: “¡Clotario, amigo, el pueblo está contigo! ¡Clotario, amigo, el pueblo está contigo!” Son pobladores, obreros y estudiantes de todas las edades. Blest levanta su mano saludando, sonríe. Sigue caminando con ayuda de trabajadores de la Asociación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF). El día es caluroso, su cuerpo se ha vuelto más frágil con los años. En su chaqueta lleva un parche de tela con la sigla CUT, en sus brazos la bandera de Chile. Desde el escenario comienzan a señalar su llegada y dan paso a darle la bienvenida. De improviso su cuerpo se desploma entre la multitud. El alboroto es tremendo, lo suben a un  automóvil  Nissan café y se lo llevan al Hospital del Trabajador.

Los dirigentes de la Anef que lo acompañan deciden que no puede seguir sólo en su casa de Ricardo Santa Cruz. Don Clota pide que lo lleven a la Recoleta Franciscana. Este lugar contaba con una enfermería provincial a cargo del Fray Ovidio Aguilera y que había sido construida con anterioridad en conjunto con el padre Miguel Castro.

De ahí en adelante se quedó en la Iglesia Franciscana. Fray Ovidio relata que se sentaba siempre mirando al cerro San Cristóbal la imagen de la virgen María, le gustaba que le leyeran las noticias, que le pusieran música. Ahí recordaba sus inicios: de cómo el padre Fernando Vives Solar había sido el primero en inculcarle la lucha obrera, por los desposeídos, por los que no tienen voz.

Clotario siempre fue requerido por los partidos políticos, le pedían su apoyo en las listas parlamentarias desde todos los sectores. Sólo poner su nombre les favorecía enormemente. Él nunca aceptó, siempre decía que estaba para servir a los trabajadores, no para servirse de ellos. Un líder incorruptible.

En 1988 fue nombrado presidente honorario de la CUT, durante toda su trayectoria fue detenido innumerables veces. Era llevado a las cárceles más peligrosas de Santiago, y siempre salía de ellas con profunda emoción: era tratado como un rey, le cedían camas, le llevaban el desayuno. Tantas veces estuvo Blest detenido que le acuñaron el término “cloteaste”. Cada vez que alguien era detenido o perdía en alguna situación “cloteaba” palabra que se mantiene hasta el día de hoy y que proviene de la derivación de su nombre, Clotario.

Con los años seguía yendo a las marchas con la misma fuerza, los trabajadores y cercanos lo recuerdan en Plaza de Armas protestando frente a la Catedral. Siendo apaleado, sangrando. Siempre terminaba en el suelo, razón por lo cual los dirigentes de la Anef instalaban dos encargados que se preocuparan de él. Antes, cuando era más joven, y anteponiéndose a que las fuerzas policiales lo amedrentaran, se metía al carro de Carabineros solo. Sabía que siempre terminaría detenido.

Kena Lorenzini fotógrafa nacional, realiza un acierto para la revista Hoy en su edición del 4 al 10 de junio de 1990, titulado “Uno de esos pocos”[4]. La fotógrafa nacional capta a Clotario con su barba blanca y su overol rodeado por más de 20 militares. Blest nunca se detuvo por temor, incluso, cuando su cuerpo por los años, ya no era un arma para defenderse.

Él no paraba. Días antes de su muerte había sido visitado por el presidente Patricio Aylwin, un alivio en parte para Blest que siempre exclamaba en sus entrevistas que no quería morir hasta que el tirano (el dictador Augusto Pinochet) se retirara del palacio de Gobierno. Encuentro que le alegró mucho y  le permitió intercambiar algunas palabras con el primer mandatario en una época que aún el dolor y las grandes diferencias en el país estaban latentes, por sobre todo con las Fuerzas Armadas.

Para sus últimos días Blest ya no quería comer, recostado en su cama en la Recoleta Franciscana, hacia pequeñas “huelgas de hambre” como relata el fray Ovidio. Sin embargo el Fray se las arreglaba “lo que yo hacía era una pillería, le daba salame para que así obligadamente le diera sed y me pidiera agua”.[5]

La noche del 30 de mayo se estaba iniciando complicada. Clotario se encontraba recostado en su cama, sus ojos a ratos se iban y lo único que repetía era “compañeros vengan, compañeros vengan”. El fray Ovidio comienza a rezar, Blest gira su cuerpo hacia la muralla y comienza a rezar varios “Dios te salve María” por cerca de una hora. El fray le insiste a don Clota, le dice que se “entregue”. A lo cual finalmente accede. Una fría madrugada de mayo a las 3:45 fallece a los 91 años el líder sindical Clotario Blest.

De inmediato dan aviso al ministro provincial de los franciscanos, y al presidente de la Anef de esa época Hernol Flores. Preparan la capilla ardiente, le ponen su típico e inseparable overol azul, una cuerda franciscana amarrada a su cintura y sin zapatos, como un miembro más de la Iglesia Franciscana. Se le avisa también al presidente de la Central Unitaria, Manuel Bustos.

Todo el día 31 el cuerpo de Blest es velado en la Recoleta Franciscana, siendo visitado por cientos de trabajadores con sus familias y personalidades del mundo político. A las 11 de la mañana del día siguiente, Manuel Bustos hace un llamado para que todos los trabajadores a lo largo de Chile hicieran un minuto de silencio. Luego, cerca del mediodía una carroza del Hogar de Cristo llega hasta la puerta para trasladarlo a la Iglesia San Francisco de la Alameda. Llevan el ataúd el Ministro del Trabajo y su Subsecretario, René Cortázar y Eduardo Loyola.

Llegando a la Iglesia San Francisco, con mucha nostalgia y orgullo realiza la homilía el sacerdote Cristian Precht, con quién Blest había compartido innumerables veces en instancias de defensa de los derechos humanos

A las 17:13 minutos el cortejo se dispone para partir rumbo al Cementerio General. Frailes franciscanos llevan sobre sus hombros el ataúd de Blest. Las calles están repletas. Cuando entre la gente los murmullos comienzan a ensordecer. Sin previo aviso un grupo de encapuchados del Movimiento de Izquierda Revolucionara (MIR) y del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, les arrebatan el féretro de Blest, coreando consignas dan la vuelta por la calle Paris para luego aparecer por Londres y entregarlo nuevamente. Para ellos, don Clota también es parte de su historia y de la lucha de izquierda.

Con el féretro ya de vuelta comienzan a subir el ataúd a una carroza para dirigirlo al Cementerio General. Un grupo de trabajadores se acerca a René Cortázar y le dicen que a don Clota le hubiese gustado ir caminando con los obreros. Así se inicia una larga caminata por Avenida La Paz hacia el cementerio. Miles de personas lo acompañan, se acercan para poder tocar su ataúd, ayudar a llevarlo. Las flores caen desde todos los sectores. El cariño y el respeto son tremendos. No había viuda, ni hijos, ni hermanos, no había partido político, solo la clase trabajadora llorándolo y dándole las gracias por años de lucha para mejorar las condiciones de los trabajadores. En la calle las y los floristas de Recoleta escriben con flores blancas la frase “Adiós Don Clota” en tamaño gigante.

Un adiós al trabajo más constante por la unidad de los trabajadores, por legislaciones justas, por la consecuencia. Nació pobre y murió pobre, como siempre lo quiso. Atrás quedaron sus gatos, sus palomas, su perro “el Momio”, sus desayunos diarios en el Sindicato de Panificadores, sus largas caminatas a la Iglesia, la lucha en el Comité por la Defensa de los Derechos Humanos y Sindicales, sus largos y estremecedores discursos, sus fotos con el Ché, sus libros de Ghandi, sus muebles roñosos en la casa de Ricardo Santa Cruz, las respiraciones agitadas detrás de la mampara de su hogar en espera de refugio, sus respuestas incorruptibles, sus cientos de detenciones durante el gobierno de Ibáñez del Campo, su descontento, su alegría cuando se ganaba una propuesta justa. Ahora sólo queda el cariño y el respeto de cientos de trabajadores que se unían en su lucha y que hoy lo usan como bandera para lograr y recuperar la ansiada unidad.

Los trabajadores hoy piden que se respeten sus horarios de trabajo, que les paguen los días que corresponden, que tengan sala cuna para ver a sus hijos. Medidas básicas. Atrás quedaron las marchas que paraban al 90 por ciento del país por reformas de base, por leyes nuevas, por la mejora de la vida obrera. Hoy la historia de la CUT es entregada en un DVD auspiciado por el Gobierno de Chile.

En 1972, Canal 13 entrevista a don Clota y le pregunta: ¿Quien es Clotario Blest Riffo? A lo que él responde: “Es una persona que no tiene mayor importancia, que se ha dedicado toda su vida a organizar organizaciones en defensa de los trabajadores, sean obreros, empleados o campesinos. Para que adquirieran una vida más humana y más digna”.

 

[1] ICTUS. Documental “Clotario Blest”. Dirección Vicente Sabatini. 1987

[2] Revista Análisis. Chile. Pág. 19. 4 al 10 de junio 1990.

[3] Revista Apsi. Chile. Págs. 36-37.  6 al 19 de junio 1990.

[4] Revista Hoy. Chile. Pág. 17. 4 al de junio de 1990

[5] Fin Comunicaciones. Réquiem de Chile, Grandes Funerales de la Historia: Clotario Blest. Canal 13, 2010.

 

Crónica parte del libro “Clotario Blest y la Lucha Obrera”, de Patricia Matus de la Parra,  Editorial Quimantú, 2014.

Créditos Imagen: Archivo Fotográfico Fortín Mapocho

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