Jorge Rojas Flores, historiador de la infancia: “se debe reenfocar la relación del Estado con los niños”

Escrito por el 18 Mayo 2017

A seis años de su primera edición, el historiador y docente, Jorge Rojas Flores regresó a la escena editorial con la nueva versión de Historia de la Infancia en el Chile republicano (1810-2010). Desde una base académica, el libro busca reflexionar acerca de los cambios que han experimentado los niños y niñas en 200 años de historia.

por Constanza Romero Lecourt

En Chile no existía una revisión historiográfica completa sobre la infancia, hasta que en el año 2008, por una petición de la Junta Nacional de Jardines Infantiles (Junji), el profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica, Jorge López Rojas escribió Historia de la Infancia en el Chile Republicano (1810-2010).

“Existe la conciencia de que muchas veces hay historias sobre los niños y no historias de los niños”, señaló el historiador Jorge Rojas Flores. Este fue el puntapié que lo llevó a incursionar la vida de los niños y niñas en los siglos XIX y XX.

Dos años más tarde y bajo la administración de Sebastián Piñera, se publicó por primera vez Historia de la Infancia en el Chile republicano (1810-2010), una obra de largo aliento y propósitos bicentenarios. En esa oportunidad, debido a la desorganización del lanzamiento en la Universidad Alberto Hurtado, el historiador no asistió.

Pese a esto, la obra de 830 páginas quedó disponible en la web y empezó a socializarse entre pediatras, educadores de párvulos y trabajadores sociales. Los ejemplares físicos se agotaron y la joven editorial de la Junji decidió reeditar el libro, cuenta Rojas Flores, “con algunos cambios en su contenido que permitieran incluir parte de la bibliografía especializada que había salido después de 2010”. Esta vez, sí hubo un lanzamiento oficial.

Con un formato grande y un diseño atractivo, la segunda edición está compuesta por dos tomos de 500 páginas cada uno y con una serie de textos e imágenes históricas, que dan cuenta de la visión que tenían los niños, las familias, la sociedad y la prensa, acerca de la niñez y cómo ésta fue evolucionando con el pasar de los años.

El trabajo infantil en las fábricas en 1925, la fotografía de un niño delincuente en 1950 o el diario que escribió una niña durante la Unidad Popular (UP). Estas son algunas de las historias que pueden apreciarse en esta entrega.

La escritura del volumen no fue algo premeditado. “Empecé por curiosidad intelectual a indagar en los niños trabajadores y sus formas de organización, incluidas algunas huelgas que descubrí. Por ahí fueron apareciendo otros temas ligados como los boy scouts o los pioneros. Finalmente se fue tejiendo una trama mucho más compleja”, comentó el autor.

Historiador y docente, Jorge Rojas Flores

Historiador y docente, Jorge Rojas Flores

Desde su mirada como historiador e investigador, ¿cómo se enfrenta la paradoja de que los niños sean objeto de estudio pero no puedan ser sujetos? 

Este es un problema que ha arrastrado la historiografía de la infancia. Pero con desbalances existen algunas huellas infantiles, más allá de su representatividad. Las hay en revistas infantiles, pero también en fuentes no convencionales y no publicadas como diarios de vida que logré rescatar para esta segunda edición. Para la primera detecté uno e intenté incorporarlo ahora: el de Isidora Aguirre, aunque al final no funcionó.

Pero en el camino logré revisar un diario que se había regalado al Museo de la Memoria: seis cuadernos de una niña de los años ’60. Entonces, en esta fue posible incorporar algo más de la voz de los niños, pero siempre uno encuentra que está en deuda. Ahora, una forma de suplir las deficiencias es otorgarle más valor del que usualmente se les da a los recuerdos de adultos como una forma de compensar un poco. Ahí hay un juego, una tensión entre la infancia que fue y la de ahora. Pero siempre hay que tener en cuenta que hay que filtrar, porque se da una tendencia general a la idealización.

Esto no pasa sólo respecto de la infancia…

Siempre hay que actuar por contraste, tener muestras más numerosas y empezar a ver distintos matices. Por ejemplo, niños que han trabajado o personas de origen campesino que puedan hablar de su infancia. Lo otro es, en forma indirecta, apreciar la experiencia de los niños a través de objetos. De análisis de los espacios físicos que rodean las piezas para niños. O sea, no ver todo desde una voz que interpreta, sino también desde circunstancias, situaciones u objetos, que acompañan la infancia. Ahora, de que el cuadro está desequilibrado, lo está.

La nueva edición llega en un contexto complejo, marcado por las crudas revelaciones del Servicio Nacional de Menores (Sename) y de casos como el de Lissette Villa. ¿Cómo afecta el presente la percepción del pasado?

Tengo la impresión de que hay procesos que quizás están demasiado calientes. Hay un escenario poco reposado, que invita menos a la reflexión y más a reproducir lugares comunes respecto de muchas temáticas que están en primera plana, como la violencia en las instituciones del Estado.

Entonces, hace falta reenfocar lo que ha ocurrido en las relaciones del Estado con los niños. Lo que llaman el cambio de paradigma no es tan nítido y no marca un escenario de progreso, en parte porque el balance del antiguo paradigma, el del modelo protector, no creo que esté hecho en profundidad.

¿Considera que falta entender esta transición?

En el modelo antiguo se supone la existencia de una estructura rígida que imponía la voluntad del Estado sobre la de los niños y niñas, muchas veces vulnerando sus derechos. Pero la verdad es que dejaba espacios amplios para que el juez de menores actuara muchas veces en favor del niño, intentando intervenir sobre su entorno, evitando una judicialización y sacándolo un poco de la justicia penal.

Pareciera, por otro lado, que lo que uno lee en la legislación no se condice necesariamente con la práctica. Y lo que hace falta es un análisis de la práctica institucional, más que de los principios ideológicos. Pensemos en la Ciudad del Niño. Hay un balance muy crítico de este internado donde el niño quedaba anónimo en este modelo, separado de la familia. Pero lo que uno encuentra, por ejemplo, hablando con gente que estuvo ahí, es una visión sospechosamente positiva: nada de lo que uno escucha de los ex internos de los centros del Sename.

¿Qué cree que pudo descubrir con este libro acerca de la infancia? 

Me aparto un poco de la historiografía más tradicional, que supone que la infancia es una construcción tardía en la que se sostenía que antes que no existían niños, por así decirlo, que los niños se vestían incluso como adultos. Al menos tengo indicios de que la situación es más compleja y que hay ciertos mitos por desmantelar.

Un ejemplo que doy en la obra es el de Sub terra, que ha sido generalmente descrito como evidencia de un relato realista y neutro de una persona que está observando y que registra el drama de los niños que trabajan en actividades tan duras como la del carbón. Pero indagando en la vida del personaje y otros testimonios que no coinciden con los de Baldomero Lillo, uno termina cuestionando el carácter de esa fuente, que parece estar más destinada a provocar un clima de denuncia que a describir de forma precisa lo que pasaba con los niños del carbón.

 

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