COP25: Fracaso presidido por Chile

Escrito por el 17 Diciembre 2019

Cerca de 200 países estuvieron presentes en la COP25, el evento que reúne a científicos, empresarios y autoridades políticas, y que busca mejores herramientas para enfrentar el cambio climático, pero que tuvo su versión más larga y menos fructífera de la historia. El apoyo a la industria, el trabajo en bloque de algunas potencias que pretenden mantener sus emisiones de carbón y el fracaso en la conducción de Chile y de la Ministra Schmidt, desataron una tormenta perfecta que terminó por debilitar la lucha institucional contra el cambio climático.

 La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en su vigésimo quinta versión (COP25) fracasó. La responsabilidad de los y las políticos chilenos que participaron es importante, pero no total. Luego de que Chile anunciara que no albergaría la reunión, la sede se trasladó a Madrid, pero la presidencia se mantuvo en Chile. Finalmente la responsabilidad recayó en la ministra de Medio Ambiente Carolina Schmidt, quien fue duramente criticada por no incluir metas más ambiciosas para detener el cambio climático.

Santiago debió ser la sede, pero la revolución social que se mantiene hasta el día de hoy y que exige, entre muchas otras cosas, igualdad social y protección del medio ambiente, no entregó las garantías de seguridad a los cientos de mandatarios/as que estuvieron presentes en Madrid.

Los premios y los reconocimientos internacionales recibidos por el gobierno chileno, llevaban a la errónea idea de que en Chile se cuidaba el medio ambiente. Esta realidad pasó la cuenta. 

Si tuviéramos que hacer una analogía, los débiles acuerdos de la COP25 son un fiel reflejo de la mirada que se tiene en Chile, grandes empresas financiando a los políticos y exigiendo que se les den todos los permisos para destruir y producir, desorden político con grandes bancadas deteniendo proyectos que busquen enfrentar el cambio climático, ya que éstos amenazan con disminuir sus utilidades y, por último, un liderazgo débil, lleno de excusas y con nulo compromiso con el medio ambiente. Esa es la realidad la política en Chile.

A esto se suma además, los innumerables conflictos socioambientales que se desarrollan en cada región, la situación de las y los dirigentes hostigados y presuntamente asesinados por defender la tierra y los océanos, y los proyectos de ley que buscan seguir beneficiando a las industrias sin pensar en las consecuencias ecosistémicas.

En Chile, el sistema está tan profundamente establecido que nos quitaron nuestros saberes ancestrales para que las mega empresas puedan obtener réditos. De esta forma se explica la falta de soberanía alimentaria que hay en Chile. La mayoría de las personas depende de la industria para poder alimentarse. La solución es clara, se podría integrar en la enseñanza básica y media cursos de agricultura elementales. 

¿Qué pasaría si todos y todas fuéramos capaces de plantar nuestro alimento?, ¿En cuánto reduciríamos nuestra huella de carbono? Pero el negocio es muy bueno.

La idea de escuchar más a las grandes empresas y menos a las personas fue una de las grandes críticas generadas hacia la labor de Chile en la COP25. Esto no es nuevo y se podía prever con las propuestas que entregó Chile, cuándo aún iba a ser sede. El gobierno proponía mitigar las emisiones de CO2 prorrogando el Decreto de ley 701, que subsidió por años las plantaciones de monocultivo de las grandes forestales. Otro negocio redondo.

En el caso de la COP25, el apoyo no fue a las forestales, si no que a las grandes industrias de combustibles fósiles al no proponer medidas concretas para disminuir considerablemente las emisiones de CO2. Recordemos que el dióxido de carbono o CO2 es en gran parte responsable de que el 2019 sea uno de los años más calurosos de la historia de la humanidad.

El otro problema que llevó al fracaso de la COP25 fue la alianza entre los países de mayores emisiones de CO2, buscando no ser afectados por alguna medida internacional. Es así como India, China, Japón, Brasil y Australia se negaron a firmar el acuerdo que adoptaron otros 84 países de disminuir sus emisiones desde 2020. El problema es que las grandes potencias que no son parte del acuerdo, son responsables del cerca del 60% de las emisiones de CO2 a nivel global.

Finalmente los grandes acuerdos sobre regulación de mercados de carbono se postergaron para la COP26, con sede en Glasgow. La pregunta es ¿hay tiempo para seguir aplazando discusiones globales? 

Me parece que posponer medidas es una falta de visión inconmensurable, sobre todo si consideramos que en 2019 se proyecta el año con mayores emisiones de CO2 en la historia, el récord actual es el de 2018.

No podemos seguir postergando nuestra decisión, mientras las industrias depredan el mundo. En 2018 el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático o IPCC, advirtió que como humanidad teníamos hasta el 2030 para detener un cambio climático catastrófico. Para eso debemos actuar rápido y en conjunto, todo lo contrario a lo que ocurrió en la COP25. La exigencia que se les hace a los representantes de los países es clara, el crecimiento económico no es más importante que la vida en el planeta. Adaptarse o perecer.

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