Centro de Cine y Creación: cuando las artes crean comunidad
Entre los edificios nuevos de Santiago Centro, en la calle Raulí, una casa de fachada blanca y ventanas altas resiste el paso del tiempo. Allí funciona el Centro de Cine y Creación (CCC), un proyecto que nació en 2016 tras la recuperación de una casona de 1913 abandonada durante años. Más que un espacio cultural, el CCC es el resultado de un proceso de escucha y colaboración con el barrio, una apuesta por revivir la tradición de los cines de barrio desde una perspectiva comunitaria.
-Valentina Cendoya, Ana Inostroza y Sofía Parra
El espacio no solo busca democratizar el acceso al arte y conectarlo con las comunidades, sino que también surge como un lugar en el que vecinos y vecinas son capaces de encontrarse a sí mismas en la imagen, logrando vincular a los individuos con el cine y creando su propia comunidad social.
Un espacio que nació del diálogo
Durante nuestra primera visita al lugar, nos reunimos con parte de su equipo, encabezado por la gestora cultural Camila Torrico. Entre sillas que componen un cine al aire libre, Camila nos relató que, antes de inaugurar el espacio, realizaron desayunos, malones y consultas ciudadanas con los vecinos del sector.
“Queríamos que el cine naciera desde ellos, no imponer algo nuevo en el barrio, sino construirlo juntos”, comentó. Esta etapa inicial fue clave para consolidar la confianza y para que el proyecto no se percibiera como una intervención externa, sino como una extensión de la vida cotidiana del vecindario.
La casona –restaurada bajo la Ley de Donaciones Culturales– conserva su estructura original: techos altos, pisos de madera y un patio interior donde hoy se desarrollan funciones de cine al aire libre. Allí, la cultura y la comunidad se encuentran sin mediaciones. El sonido del proyector se mezcla con las conversaciones de los vecinos y el aroma del café que llega desde el Café CCC, un pequeño espacio en la entrada que invita a quedarse incluso después de la película.
Comunicar desde lo colectivo
En nuestras visitas, dedicadas a observar la rutina diaria del centro, pudimos comprender la magnitud de su impacto. Cada año, alrededor de tres mil nuevas personas llegan al CCC, ya sea a ver una película, participar en talleres o simplemente recorrer sus salas. El espacio funciona como punto de encuentro: juntas de vecinos y agrupaciones barriales realizan allí sus reuniones, mientras los niños que juegan en la plaza Raulí entran y salen libremente.
El vínculo con el entorno se extiende también a través de proyectos concretos. La mejora de la plaza que da al frente del centro y la solicitud de mayor voltaje en la iluminación pública son parte de un esfuerzo por hacer del barrio un espacio más seguro y habitable. El equipo del CCC entiende que su rol comunicativo no se agota en la pantalla: cada acción por mínima que parezca, es una forma de diálogo y acercamiento con el territorio y su comunidad.
Una de las iniciativas impulsadas por el centro más llamativa es la proyección de videos promocionales antes de cada función, donde se difunden pequeños comercios del barrio junto con sus direcciones y contactos. “Queremos que el público que viene al cine conozca y consuma el barrio, que la economía local se fortalezca”, explica Camila. Esta práctica convierte al centro no solo en un espacio cultural, sino también en un agente de comunicación comunitaria: un medio que da visibilidad a quienes, desde su oficio, sostienen la vida cotidiana del sector, comprendiendo así la relación entre el arte y la vida diaria de los habitantes.
Bajo el lema “Activa tu barrio. Prefiere tu comercio local”, el CCC resignifica el acto de ir al cine, transformándolo en una experiencia colectiva que trasciende la pantalla. Los espectadores no solo asisten a la película, sino que también entran en contacto con las historias, rostros y espacios del vecindario. Tal es el caso de Rodolfo, dueño de la Pastelería Vienesa en calle Portugal, cuya imagen aparece en las proyecciones con su local de fondo y su contacto al pie de la gran pantalla. O el de John, un relojero que instala su mesa cada viernes en la esquina de Argomedo con Portugal, y que también es parte de esta red de difusión barrial.
Son gestos simples pero potentes que revalorizan el territorio, construyen identidad y tienden puentes con la comunidad. En un contexto donde los grandes cines suelen omitir lo local, el CCC se erige como un espacio donde lo cotidiano adquiere visibilidad y reconocimiento.

Cultura, inclusión y aprendizaje compartido
El CCC ha desarrollado una serie de programas orientados a la participación y la formación. Uno de ellos es la Brigada CCC, que se conforma cada año con vecinos e interesados en el cine. A través de talleres, los participantes aprenden sobre lenguaje audiovisual, producción y gestión cultural, para luego integrarse al equipo como voluntarios. Ellos colaboran en la elección de la programación y actúan como monitores en conversatorios previos o posteriores a las películas.
La Brigada ha impulsado actividades que vinculan el cine con problemáticas sociales. El año pasado, por ejemplo, organizaron una muestra de cine LGBTQ+ y una función de la película Juno, seguida de un conversatorio sobre embarazo adolescente. La actividad contó con el apoyo de la municipalidad, que entregó preservativos y asesorías, demostrando cómo la cultura puede articular espacios de educación y prevención desde lo comunitario.
El CCC también mantiene un acuerdo con Gendarmería de Chile que permite que personas con penas leves cumplan su servicio comunitario en el lugar. Allí, cada uno aporta desde su oficio: algunos pintan muros, otros escriben guiones o manejan drones para registrar las funciones al aire libre. Esta alianza combina reinserción social y trabajo creativo, fortaleciendo la noción de que el cine puede ser una herramienta de inclusión.
El cine que vuelve a reunir
Otra de nuestras visitas coincidió con un hito especial para el centro: el estreno y presentación de la película Las cenizas, función que celebró la integración oficial del centro a la Red de Salas de Cine de Chile. Esa tarde, el patio del CCC estaba lleno. Vecinos, estudiantes y cinéfilos compartían asientos bajo las luces colgantes del patio ante la expectación del estreno.
Entre ellos estaba Paulina Pastene, vecina del sector “desde chiquitita”. Sonreía al contar cómo descubrió el lugar: “En un momento me topé con este espacio y fue como ‘¡guau!’. Soy estudiante de cine, así que me encantó. Siempre que puedo, vengo”. Para ella, el impacto del centro en el barrio ha sido evidente: “En Chile faltan más espacios así, comunitarios. Me encanta que hagan ciclos para los niños, que sea accesible, bien ubicado y bonito. Ojalá existieran más lugares como este”.
También conversamos con Lucía Duatquin y Joel Rojas, ambos estudiantes de comunicación audiovisual. “Yo sigo al CCC en Instagram —contó Lucía— y cuando vi que había 2×1 para estudiantes, lo invité al tiro. Se agradece mucho que existan estas instancias, porque la cultura debería estar abierta para todos”. Joel complementó: “Da la oportunidad para que uno conozca, qué es lo importante”.
Frente a la gran pantalla, una asistente que esperaba ansiosa el comienzo de la función, Consuelo Pastén, nos recordó su primera visita: “Vi la casa llena de carteles y rayados, me dio curiosidad y entré a preguntar. Justo esa semana había un taller de teatro, y desde ahí que vengo siempre. Me encanta que ofrezcan cine chileno a precios accesibles, es muy valioso”.
También conversamos con un representante de la productora de la película proyectada esa noche, Lolito, quien destacó la importancia de espacios como este: “El CCC se valora dentro de las comunidades porque es un lugar abierto al cine independiente. Es un polo de exhibición necesario; los proyectos deben existir, la comunidad se va a acercar sola”.
Centro de Cine y Creación: un proyecto vivo
Al inicio del evento, Catalina Marín, cineasta y directora ejecutiva del centro, tomó el micrófono. En su discurso, agradeció a la Red de Salas y al “Programa de Apoyo a otras Organizaciones Colaboradoras Culturales” que ha permitido la subsistencia del CCC. “Creemos que tenemos el desafío común de que la gente vuelva a vivir la experiencia colectiva de ver películas y aportar a la recuperación de la ciudad, dándole alegría al barrio”, expresó.
Cuando la función terminó, el aplauso fue también para el espacio. Como dijo el actor José Soza, presente en el conversatorio posterior, “no veía una experiencia así desde 1973, es tan importante y profunda”.
A través de nuestras visitas, pudimos constatar que el CCC no es solo una sala de proyección, sino un proyecto vivo que articula comunicación, cultura y ciudadanía. Su apuesta por la participación temprana, el trabajo con el comercio local, la reinserción social y la formación comunitaria lo convierten en un referente de gestión cultural con impacto social real.
El desafío, según su equipo, es mantener ese equilibrio entre crecimiento e identidad barrial. Seguir expandiendo sus actividades sin perder el carácter cercano que lo distingue. En tiempos donde los espacios públicos parecen reducirse, el CCC demuestra que aún es posible construir comunidad desde el arte, y que el cine —cuando se abre al diálogo— puede ser un espacio donde todos tienen cabida.
Tal vez te puede interesar: Festival de Cine Chileno reúne a las mejores películas y documentales nacionales
Sigue leyendo en Radio JGM
https://radiojgm.uchile.cl/estudio-revela-relacion-entre-pesticidas-y-enfermedades-de-salud-mental-en-el-maule-sur/





Deja un comentario