Casi un secuestro

Escrito por el 11 Enero 2019

Por J.Díaz.

Hay una canción de Serú Giran que solía cantar fuerte. Se llama Viernes 3 am y es una metáfora de un suicidio. “Y llevas el caño a tu sien, apretando bien las muelas. Y cierras los ojos y ves, todo el mar en primavera”. Jamás pensé que me identificaría. Todo partió a la 3, pm eso sí, de un domingo. ¿Por qué mencionar la canción? Porque como dice la letra, recuerdo el caño en mi sien y cómo apreté fuerte las muelas.

He vivido 22 años en el mismo barrio, en la misma casa, en la misma pieza. Estudié trece de esos en el colegio que está a quince minutos de mi casa, di mi primer beso en la esquina de mi pasaje, choqué un auto dos cuadras más al sur. Sin embargo, hoy ninguna de esas experiencias me ata al lugar que me vio crecer. Porque dejar el nido debiese ser una articulación natural de la vida, sin embargo, mi única motivación para irme es abandonar el miedo que siento cada vez que camino por el barrio.

La violencia nunca tocó mi puerta, me crié bajo el código de comportamiento periférico basado en mantener cerca al volao de la esquina, entregar siempre un paquete de fideos al que pide, ser cordial con cualquier vecino, porque más vale amigos que enemigos. Nunca tuve miedo de caminar de noche, de esperar la micro sola en el paradero, ni de usar el teléfono a vista y paciencia de cualquiera.

Pero una tarde mientras caminaba junto a una amiga a comprar papas fritas y frente a la plaza donde probé mis primeros cigarros, nos trataron de raptar. Recuerdo el estruendo del frenazo del cedan blanco, el “hola chiquillas”, el forcejeo, las 10 lucas para las frituras cayéndose, el grito desesperado de mi amiga pidiendo ayuda, mis brazos delgados pero firmes tratando de ayudarla, el tirón del cuello de mi abrigo, el frío del arma en mi frente, el “quédate piola pendeja”, mis patadas que botaron la pistola, nuestros pasos acelerados buscando seguridad, y por sobre todo, la veintena vecinal mirando.

Porque mis esfuerzos de años por mantener cerca al volao, todos los paquetes de fideos regalados, la cordialidad con los vecinos, no habían servido de nada. Ahí estábamos solas, a pesar de la decena de ojos que nos enfocaban.

Si no hubiera sido por un auto que interceptó a los agresores, quizá las secuelas hubieran sido peores que el daño de los roces de la ropa.

Tras el incidente llamamos a los pacos, y en las dos horas que demoraron en llegar, nos comimos las  papas fritas con mucho ketchup. No dijimos nada, solo comíamos rápido. Dos días después, mientras caminaba al paradero me sentía más vulnerable que nunca. Miraba continuamente a las personas que andaban detrás mío y cada vez que veía un auto blanco, sentía que mi corazón dejaba de latir.

Dejé de querer a estas calles, adquirí mi primer gas pimienta y aprendí a usar las llaves de mi casa como una manopla. Aprendí a caminar rápido y muy atenta. Aprendí que ahora el miedo se había convertido en mi hogar.

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