«Cali no es la capital de la salsa, sino de la resistencia digna»: perspectivas de otro estallido social

Escrito por el mayo 12, 2021

En entrevista con la Radio JGM, la comunicadora social y documentalista Doris Perafán entregó sus impresiones luego de dos semanas de observar, desde la calle, el sentimiento de aquellos que salieron a protestar contra una reforma tributaria y se quedaron cuestionando al gobierno de Duque, a sus autoridades y hasta las concepciones de vida que tenían como sociedad.

Una polémica reforma tributaria anunciada por el presidente Iván Duque, que buscaba subir los impuestos a la clase media, llevó a miles de colombianos a salir a protestar a las calles el pasado 28 de abril. Tras dos semanas de manifestaciones -que se mantienen firmes pese al retiro de la reforma- se han registrado más de dos mil casos de violencia por parte de la Fuerza Pública, fruto de una represión que ha alertado incluso a los organismos internacionales en materia de Derechos Humanos, y, de acuerdo con las cifras de la ONG Temblores, hay al menos 47 personas muertas.

Doris Perafán es comunicadora social y documentalista con experiencia en periodismo comunitario, ha participado activamente en las protestas desde Cali, uno de los epicentros del movimiento, y ha observado en primera persona, desde las calles, como la comunidad colombiana se rebeló contra aquello que consideran injusto.

Tras dos semanas movilizada, declara que “la gente mamó, se cansó y hoy Cali no es la capital de la salsa, sino de la resistencia y de la resistencia digna”.

– La situación en Colombia recuerda inevitablemente al estallido chileno de octubre de 2019. Lo que aquí fueron treinta pesos de aumento en el pasaje del Metro, para ustedes fue la reforma tributaria. Pero ¿de dónde viene la indignación que se tomó las calles?

Es una situación muy parecida a la de los treinta pesos. Aquí veníamos aguantando muchísimas cosas. En noviembre de 2019 hubo un paro y una movilización grande en Colombia. Aquí en Cali se intentó mantener, inspirados en lo que estaba pasando en Chile, pero nos quedamos solos y solas caceroleando en la gobernación, la movilización empezó a desfigurarse y quedó en cifras, pero en nada concreto. Y, claro, gracias a la labor pedagógica de líderes y lideresas que empezaron a llamar la atención sobre la reforma tributaria, volvimos (este año) a convocarnos al paro.

Pero yo creo que el equivalente a los treinta pesos aquí fue una entrevista que hizo en su momento el (ex) ministro (de hacienda) Carrasquilla. Horas antes del paro, una periodista de un medio masivo le pregunta al ministro si sabe cuánto vale un huevo, y él dice que no sabe muy bien, pero que él creería que una docena vale 1800 pesos. Esto destapa la olla aquí porque una docena de huevos nunca ha valido 1800, en este momento un huevo vale 450 pesos. Ese es el detonante de este paro que hoy se sigue sosteniendo. Empezamos a salir a protestar los que siempre salíamos, pero salieron esos otros que les tocó esa cosita… porque no se trata de los 1800, sino de personas que tienen que saber cuánto vale la canasta familiar para venir a montar impuestos sobre esa canasta.

No se trata de los 1800, sino de personas que tienen que saber cuánto vale la canasta familiar para venir a montar impuestos sobre esa canasta.

– Y en estas semanas en que ha estado en las calles, participando de las movilizaciones, pero también observando, ¿con qué se ha encontrado?

Yo creo que el pueblo despertó, desordenadamente, pero despertó. El pasado sábado, un grupo de mujeres convocamos a una marcha, para juntarnos y abrazar los puntos de resistencia en Cali: le llamamos “la marcha de las madres y las comadres». Empezamos en Siloé y terminamos en Puerto Resistencia. Yo me acerqué a jóvenes de la primera línea de Siloé que estaban a un costado, a menos de cien metros de una estación de policía. Necesitaba irles a hablar, a recoger los nombres de estos pelados que estaban en primera línea. Y yo los abracé, y te digo que aún siento el abrazo, la mirada y las palabras, porque yo quería saber a ellos que los había movido… Y cuando llegué a Puerto Resistencia también hice lo mismo.

Los veo y quiero pensar que el futuro para mis hijos no va a ser ese -y ese es el panorama que se pinta hoy en Colombia y es que el futuro de cualquiera de nosotros, de cualquiera de nuestros hijos puede ser el de esos pelados indignados-. Yo les dije: «Ya nos demostraron mucho, váyanse de ahí, váyanse para sus casas… no quisiera ver más sangre. El que no quiso entender, que no entienda. Pero no vale la pena que ustedes se queden aquí». Me decían: «doña, no es justo que uno tenga que pagar más de lo que gana», «doña, no me quiero bajar porque en la casa se aguanta hambre», «doña, yo no me voy a bajar porque no es justo que se invierta en guerra y no en educación».

Son lindos, son unos chicos que están enfrentados a toda la fuerza del Estado con ralladores de zanahoria, con estacas… Son callados, no quieren hablar mucho, saben que tienen que protegerse y saben que protegen… Tapándose la cara salieron y no quieren volver a sus casas porque hoy muchos de ellos dicen que ahí comen mejor de lo que comen en sus casas. Muchos de ellos se hicieron visibles en un mundo que nunca los miraba. Hoy son héroes y eso es válido, ¿Quién no quiere ser reconocido?

Doña, no es justo que uno tenga que pagar más de lo que gana

– Pero la cantidad de manifestantes excede por mucho a quienes forman la primera línea de las movilizaciones, ¿qué cree que mueve a los ciudadanos a salir a protestar?

Hoy veo que la gente ya explotó y que las estrategias del gobierno ya nadie las cree. El alcalde de Cali, Jorge Ospina, ha ido a reunirse en algunos puntos de concentración y en uno tras otro no lo dejaron hablar. No hay respeto por la institucionalidad, no hay respeto por nada, salvo por los líderes que ellos reconocen, que han estado ahí siempre, hay respeto por el pueblo que marcha.

Hay mucha gente diciendo que quieren volver a la normalidad, seguir endeudados con el apartamento, con la tarjeta de crédito, con el plan de un carro de 20, 25 millones que se paga a 30, 40 años. Esa nos la han vendido como la normalidad. Y hay muchos que quieren volver a su normalidad y hay otros que no, que no quieren volver a la normalidad porque la normalidad, para ellos, es aguantar hambre, palos de la policía, palos de los profesores.

Aquí la gente siempre ha dicho que les da miedo ser como Venezuela porque nos tienen como encapsulados haciéndonos creer que somos ricos en base a créditos que nunca se terminan de pagar… Recuerdo al (expresidente) Uribe, con su cuento de que acabó con la guerrilla y que ahora podíamos ir a nuestras fincas, y yo escuchaba a mis tías, a mis primas decir eso y yo pensaba: “¿Cuál finca? Si no tenemos finca”. Es tan fuerte el discurso de ellos que lograron que la gente los repita.

Hay muchos que quieren volver a su normalidad y hay otros que no, que no quieren volver a la normalidad porque la normalidad, para ellos, es aguantar hambre, palos de la policía, palos de los profesores.

Pero hoy la gente no cree, hoy veo familias que yo pensé que nunca iban a salir de ese fascismo y de esas políticas tan horribles del gobierno poner videos del lado de la gente e indignarse. Tristemente, cuando más aprendemos de política es en estos momentos. En momento de crisis es cuando entendemos todo, absolutamente todo. En Colombia siempre teníamos que parecer el país más alegre del mundo porque si nos enojábamos nos mataban. Ser siempre el país más alegre, el más feliz. Nos enojamos y nos mataron. Entonces esas cosas calan en la ciudadanía y hoy la gente quiere respuestas, pero respuestas de verdad. Si no se respeta la vida, que es lo básico, ¿Cómo vamos a creer que van a respetar un acuerdo político?

Tal como en Chile, las movilizaciones han puesto en debate el rol de los medios de prensa tradicionales. Aquí uno de los puntos más polémicos de las últimas semanas, cuando Noticias Caracol tituló una confrontación en las calles de Cali con el titular «Ciudadanos e indígenas se enfrentaron».

– Ante un escenario de tanta incredulidad ante los gobernantes y de una represión tan brutal hacia el pueblo movilizado, ¿Cómo se recompone eso que se ha roto? ¿Qué se necesita para encontrar una salida?

Yo creo que, si alguien tiene que acercarse para que haya un diálogo de verdad, son las alcaldías. Pero al nivel de todos, no como lo han venido haciendo con ellos sentados adelante y nosotros atrás. Ellos tienen que sentarse en una mesa redonda, garantizar unas bases, un lugar, un refrigerio, una moderadora, unas cosas básicas…

Que la palabra de la alcaldía valga tanto como la del pelado que ya está indignado por dos o tres cosas, sin entender mucho de la política o de lo que está pasando aquí. Ese muchacho salió porque lo sintió. No tiene mucha formación, salió porque lo sintió, pero es igual o más válido que lo que pueda decir una alcaldía o una gobernación. Cuando la alcaldía entienda eso, cuando las alcaldías y los gobiernos entiendan que no son ellos, sino que es la gente la que tiene que expresarse, yo creo que ahí puede arrancar un diálogo. Y lo digo porque ha habido personas de la alcaldía y del Congreso que han estado acompañándonos en los puntos y se han estado movilizando. Y cuando llegan a estos puntos son escuchados.

El día que venía de la última marcha, iba llegando a la casa de mi mamá y me encontré una señora muy humilde que venía con un termo como de agua, pero lleno de aguardiente. La señora se nos acercó -yo iba con 5 compañeras más- y llorando nos dijo que el día anterior le habían matado a dos de sus hijos y a un sobrino en un sector que se llama La Luna que también es un punto de resistencia. Nosotros no sabíamos que hacer. Veníamos cagadas de miedo porque esta ciudad está paramilitarizada, está sin dios y sin ley, hemos naturalizado la guerra, el bombardeo, el zumbido, la bala, hemos naturalizado que la calle no es nuestra, que la noche no es para nosotros… y ese día vemos a la señora, se nos acerca y empieza a llorar, y no sabíamos que decirle.

Yo lo único que pude hacer fue abrazarla y decirle «doña, yo lo único que tengo es esto”… un billete, yo como comprando votos, pero no sabía más que hacer… y yo le decía «cálmese», pero no lograba nada. Una señora con tres muertos en su familia, deambulando por las calles, sin ninguna organización acompañándola. Ese es el tejido que hay que reconstruir, no el mío, no el banco, no las fachadas… Hoy la gente despertó y el tejido que hay que reconstruir está en cada una de esas personas que hoy están llorando o han desaparecido.

Comentarios

Opiniones
  1. Lilia López Orozco   /   mayo 17, 2021, (10:31 am)

    #SOSCOLOMBIA.
    Replantear estrategias para evitar enfrentamientos el pueblo contra el pueblo, lo que le conviene al gobierno es tenernos divididos e incrementar el odio,eso hace quién no entiende una lucha colectiva y en defensa de nuestros derechos y una vida digna.
    Ahora sí entiendo el refrán de los abuelos la culebra se mata por la cabeza y la palabra y las ideas son las armas de nuestra juventud valiente, despierta y en transformacion por la Colombia justa, libre y en paz.

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