Ataque a Venezuela: Intervencionismo político disfrazado de salvación

El primer sábado del año nos despertamos con una noticia que sin duda alguna marcará un antes y un después en la historia de nuestra región: Estados Unidos atacó Venezuela y capturó a su presidente Nicolás Maduro. 

Las fuerzas armadas del país norteamericano, bajo las órdenes de Donald Trump, ejecutaron la Operación Resolución Absoluta. Esta incluyó bombardeos e incursiones de unidades especiales en Caracas, con el objetivo de capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y a su esposa, Celia Flores, para llevarles a Nueva York a enfrentar cargos federales estadounidenses.

Para muchos venezolanos desplazados que abandonaron sus hogares tratando de encontrar una vida digna lejos de la crisis, la noticia pudo haber significado un motivo de celebración. Pero no podemos simplificarlo así. No se trata únicamente de la captura de un “dictador”; se trató de un ataque militar que golpeó civiles, infraestructura y dejó al menos 80 muertos.

EE.UU y su intervencionismo: la cara de la ultraderecha

La narrativa oficial estadounidense ha intentado justificar la operación bajo la bandera del combate al narcotráfico, a través del señalamiento de Maduro como líder de una red criminal. Pero si revisamos con cuidado, queda claro que el “humanitarismo” es una fachada conveniente para intereses más amplios. 

¿Qué es lo peor? Trump y su administración han dejado ver que el objetivo no es la protección de un pueblo vulnerable, sino la consolidación del poder estadounidense sobre recursos como el petróleo venezolano. 

La acción vista desde expertos en derecho internacional, como George Katrougalos (político griego), lo califican como una violación clara de la soberanía venezolana, peligrosa para el orden global. 

Donald Trump en punto de prensa

¿Hay algo para celebrar?

Las celebraciones son comprensibles para quienes han sufrido bajo un régimen autoritario, pero debemos preguntarnos: ¿de qué paz hablamos? La “paz” que busca Estados Unidos es una paz monetaria para sus ricos, no una paz que beneficie a los pueblos. 

La historia de intervenciones efectuadas por este país nos muestra que las operaciones militares se hacen con la excusa de “arreglar problemas”, pero que a menudo esconden agendas económicas. Y en este caso particular, ni siquiera se esconde. El mismo Trump admitió su interés en el petróleo, declarando que EE. UU. planea gestionar el país hasta cierto punto y vinculando ese proceso a la apertura de su industria petrolera a empresas estadounidenses. 

Además de la captura de Maduro, la operación provocó daños en infraestructura crítica, cortes de energía en varias zonas de Caracas y la muerte de civiles. La calamidad humana se mezcla una vez más con la política.

Lo preocupante es que Estados Unidos ha dejado en claro que esta operación podría repetirse si se considera necesario, una declaración que no solo intimida a Venezuela sino a cualquier actor regional que se interponga en los intereses estadounidenses. Incluso han hecho alusión a tomar el poder de Colombia. 

Venezuela (para Trump) es un eslabón estratégico en la geopolítica estadounidense. La intervención militar no solo busca capturar a un dictador: abre la puerta a la intervención económica, el control de recursos y la reconfiguración a su antojo. 

Banderas estadunidense y venezolana

Mirar más allá de los discursos

Para quienes celebran, es vital recordar que la libertad que se conquista con bombas, es libertad solo para unos pocos. Para quienes temen, es importante articular un análisis que visibilice la guerra en las políticas económicas y estratégicas que deciden quién maneja los recursos y bajo qué condiciones sociales y políticas se vive.

La paz que necesitamos no es la paz de los tratados impuestos por potencias externas, sino aquella que se construye desde la justicia social, el respeto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. Y esa paz no llegará con bombas u otros países interviniendo militarmente a su gusto, sino con política, dignidad y solidaridad regional.

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