A 25 Años del Genocidio en Ruanda

Escrito por el abril 6, 2019

Este sábado 6 de abril, se conmemoran 25 años del inicio del Genocidio en Ruanda. En 1994, durante aproximadamente 100 días, el mundo entero fue testigo de como alrededor de un millón de personas perdió la vida producto de como el odio y las diferencias heredadas del colonialismo belga, motivaron una de las «limpiezas étnicas» más brutales.

Este lamentable hecho, que dividió a un país y dejó en penosa evidencia la falta de peso y convicción de la Organización de las Naciones Unidas, debe ser un recordatorio para la humanidad de la necesidad de dejar atrás odios del pasado y comprometer a la comunidad internacional en el verdadero respeto por los Derechos Humanos.

A 25 años, este genocidio, en su esfuerzo sistemático por exterminar a un grupo por motivos étnicos, tiene la triste fama de ser uno de los más «eficientes» de la humanidad.

Memorial en Kigali, capital de Ruanda.

Una historia que anticipaba

Ruanda es un pequeño país ubicado en el corazón de África, en la zona de los grandes lagos. Tras la Primera Guerra Mundial, lo que fue una colonia alemana, pasó a manos de Bélgica, quienes aplicando el principio del imperialismo «Divide y vencerás» separaron a la población nativa. Lo que históricamente fueron diferencias sociales secundarias, como por ejemplo el tener más animales o recursos, los belgas lo tomaron y crearon estamentos con fuertes diferencias.

Mientras los tutsi, una minoría y aquellos con mejor posición social y riqueza, pasaron a ser los designados por los europeos para ocupar algunos cargos en la colonia, los hutus, la mayoría de la población y con menos recursos, fueron básicamente los trabajadores del Imperio Belga. De esta forma, los invasores pudieron mantener un mayor grado de control, exacerbando las diferencias y posicionando a los tutsis como culpables a los ojos del resto del país.

Es importante recalcar que, literalmente, las diferencias entre tutsis y hutus, no son observables fácilmente. Fuera de sus posiciones sociales, ambos grupos  comparten idioma, religión y costumbres. De igual manera, tampoco era inusual encontrar matrimonios entre ellos.

Luego, en 1962, se declara la independencia de Ruanda y comienza un nuevo período de dificultad social, ya que al ser los ruandeses quienes se hacen cargo de su nación, es la mayoría hutu quienes gobiernan. Esto se transforma en una situación sumamente complicada para los tutsis, quienes pasan a ser los chivos expiatorios de los belgas.

A raíz de esto, en 1987, se crea el Frente Patriótico Ruandés (FPR), movimiento militar tutsi que surge como respuesta ante la persecución y el acoso que sufría esta población por parte del gobierno hutu. Luego, en 1990 se da inicio a una guerra civil en Ruanda, donde el FPR lanza una campaña militar para poner fin al gobierno hutu.

Es en el contexto del conflicto que militares, políticos y medios hutus, comenzaron a lanzar discursos incendiarios y hacer un llamado a la unidad para poner fin a las «cucarachas» tutsis.

«Corten todos los árboles altos»

Ya para 1993, con el apoyo de la comunidad internacional, el gobierno hutu y el FPR tutsi, accedieron al Acuerdo de Paz de Arusha, compromiso que ponía fin a la guerra. Sin embargo, desde un comienzo, ninguno de ambos lados manifestó el verdadero deseo de restaurar la tranquilidad. Si bien el conflicto bajó en intensidad, no hubo voluntad para desmovilizar a sus combatientes, ni dialogar sobre como integrar a hutus y tutsis sin problemas.

Producto de esto, sumado a la animosidad mostrado por los líderes hutus, resultó en que se pudieran observar indicios de una posible «limpieza étnica». Es más, cada día que pasaba, era más evidente que se trataba de la antesala de un genocidio. En los meses previos a la matanza, León Mugesera, líder político hutu, insistía en la necesidad de «eliminarlos a todos«.

El 6 de abril de 1994, Juvénal Habyarimana, el presidente de Ruanda, volando de regreso desde el extranjero, fue asesinado al ser derribado su avión. El aparato cayó al ser impactado por un misil, del cual nunca se supo su origen. Aunque el resto de las autoridades hutus acusaron a los tutsis de querer boicotear los acuerdos de paz, también se ha considerado que fueron sus mismos partidarios quienes lo mataron, buscando una excusa para forzar al máximo los problemas entre ruandeses.

A raíz del magnicidio, el mismo día 6, las radios comenzaron a hacer un llamado a la población hutu a «matar a las cucarachas» y a «cortar todos los árboles altos», en alusión a los tutsis, que en su mayoría eran ligeramente más altos. Estos discursos no discriminaron a la hora de hablar del exterminio de  hombres, mujeres, niños y niñas. Esta convocatoria movilizó rápidamente a las milicias y civiles extremistas hutus.

Un salón de clases en Kabgayi, escenario de los crímenes perpetrados.

Ya en cosa de horas el odio estaba desatado. Se estima que entre principios de abril y mediados de julio, alrededor de un millón de personas fueron asesinadas. Se persiguió no solo a la población tutsi, de la cual llegó a desaparecer alrededor de un 70%, sino también a cualquier hutu que intentase protegerlos.

Gran parte de las armas usadas por los asesinos fueron machetes, armas de bajo calibre y bidones con bencina. Hay quienes creen que el propósito de los ideólogos del genocidio, era usar armas que necesariamente acercaran al homicida a su víctima, lo que permitía que se involucraran de mayor forma, a diferencia de como sería en caso de un fusilamiento. Se trató de hacer del exterminio, un proyecto nacional.

La «respuesta» internacional

Producto de la guerra civil de 1990, las Naciones Unidas envío en 1993 una misión destinada a poner fin al conflicto, ayudando a implementar el Acuerdo de Paz de Arusha. La Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR), quedó a cargo del general canadiense Roméo Dallaire, quien junto a 2.500 cascos azules fue asignado a mantener la estabilidad en el país. Número escaso si se considera el contexto de Ruanda. Junto con esto, la posibilidad de que se llevase a cabo un genocidio contra los tutsis, se anticipaba como una realidad.

Sin embargo, desde la misma ONU le quitaron el respaldo para poder cumplir con su labor. Casi diez años después del genocidio, se supo que en enero de 1994, es decir, a tres meses del inicio del exterminio, Dallaire envió un informe a las Naciones Unidas, donde señalaba que un militar hutu, que actuaba como informador, había advertido que las milicias habían recibido ordenes de censar a todos los tutsis de Kigali, la capital. El general de los cascos azules indicó que se sospechaba que se trataba de hacer un registro para facilitar la búsqueda de los tutsis cuando se iniciara la masacre.

El general canadiense Roméo Dallaire, a cargo de la misión de paz UNAMIR, de la ONU.

Posteriormente, el mismo Dallaire, quien declararía que su experiencia fue como «Darle la mano al diablo», volvería a insistir ante la inminencia de un genocidio. En su informe, el general declaraba que existía la expectativa de que UNAMIR desmantelara los campos desde donde se entrenaban las milicias hutus y se estaba preparando el genocidio. A pesar de esto, la ONU no le autorizó a tomar ninguna medida preventiva, ignorando la solicitud de su mismo general a cargo de mantener la estabilidad en el país.

Por si fuera poco, dentro del Consejo de Seguridad de la ONU, organismo capaz de otorgarle mayores recursos y atribuciones a la misión de los cascos azules, tanto Francia como Estados Unidos, hicieron lo posible por retrasar el envío de ayuda y una eventual intervención para frenar la matanza.

El analista internacional, David Rieff, señaló en su excelente libro «A punta de pistola», que lo que las potencias buscaban evitar era reconocer públicamente que lo que estaba sucediendo en Ruanda era un genocidio, ya que de ser así, se verían obligados a tomar acciones basadas en su suscripción a la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, de 1948.

Junto con lo anterior, Francia optó derechamente dar su apoyo al gobierno hutu. Ya durante la víspera de las masacres, el país europeo había optado por mantener buenas relaciones con los hutus, suministrando armas y recursos a sus fuerzas armadas. Rieff señala que se esperaba asegurar la influencia de París en la zona de África en donde se ubica Ruanda.

Para peor, el 11 de abril, en pleno auge del genocidio, Francia llevó a cabo una operación militar en Ruanda, con el propósito de retirar a todos los ciudadanos franceses que estuvieran en el país. Ni hablar de evacuar a los ruandeses.

Por su parte, Estados Unidos hizo todo para frenar cualquier intento por llevar algún tipo de ayuda. Ante la solicitud de la ONU de arrendar vehículos blindados para los cascos azules, la burocracia atrasó en más de tres semanas su entrega. Como si fuera poco, el gobierno de Bill Clinton buscó todos los argumentos posibles para evitar hablar de un genocidio.

Uno de los tantos memoriales que existen actualmente en Ruanda.

La portavoz del Departamento de Estado, Christine Shelly, señaló el día 10 de junio de 1994, que aunque tenían evidencia de «actos de genocidios», no podía considerarse que se tratase de un genocidio. El especialista en historia africana, Gérard Prunier, en su libro «La Crisis de Ruanda: Historia de un Genocidio» , señala que este argumento es tan surrealista como negarse a intervenir en contra de los nazis y los campos de concentración porque también se mataban «un gran número de no judíos«.

Es recién el 6 de mayo, a un mes de comenzado el genocidio, que la presión y la gravedad de los hechos, obligó a la ONU a crear una segunda misión, UNAMIR II, esta vez con el objetivo de imponer la paz. Serían 5.500 los soldados que las Naciones Unidas enviaría, sin embargo, estas se demoraron alrededor de tres meses en ser desplegadas en Ruanda, es decir, cuando lo peor ya había pasado.

Los asesinatos masivos terminaron cuando en julio de 1994, el Frente Patriótico Ruandés, la facción armada de los tutsi, a través de una campaña militar, lograron derrotar a las fuerzas hutus y poner fin al genocidio, dejando como resultado alrededor de un millón de muertos.

Ruanda en la actualidad

Producto de las cifras de muertos y de violencia, se estima que en Ruanda casi no existieron familias en donde al menos uno de sus integrantes fuera víctima del genocidio o perpetrador del mismo.

A pesar de lo anterior, en la actualidad Ruanda en un país que ha causado sorpresa por el proceso de reconciliación nacional que han llevado a cabo. El gobierno del presidente Paul Kagame, fundador del movimiento tutsi, Frente Patriótico Ruandés, ha promovido una campaña nacional en donde la sociedad, a nivel de comunidad, busque la reconciliación, facilitando instancias de diálogo. Muchos de los asesinos han cumplido con penas de cárcel y ahora intentan reintegrarse. En este sentido, el testimonio de Anne-Marie Uwimana, una mujer que perdió a su marido y cuatro de sus hijos en el genocidio, resulta especialmente estremecedor al contar como perdonó a uno de los asesinos.

Sobre estas reconciliaciones, el fotógrafo sudafricano, Pieter Hugo, llevó a cabo un tremendo registro fotográfico, donde culpables, sobrevivientes del genocidio y familiares de los asesinados, se reúnen e intentan sanar las heridas que dejó en ellos.

Otro aspecto que se modificó tras el genocidio, es que las cédulas ya no identifican a sus dueños por sus etnias, es decir, que mientras hasta 1994, estos documentos diferenciaban a hutus y tutsis, actualmente esto ya no es así.

Una las imágenes del increíble trabajo del fotógrafo Pieter Hugo.

El genocidio que se llevó a cabo en Ruanda es una brutal lección que no puede pasar desapercibida. El silencio cómplice de las Naciones Unidas, junto con la pasividad e indiferencia de sus países miembros, deben servir para promover los urgentes cambios, o al menos producir un debate sobre que tanta voluntad existe realmente para velar por los Derechos Humanos en todo el mundo.

Finalmente, a 25 años del genocidio, es imposible obviar que se trata de un acontecimiento relativamente reciente, y que si bien Ruanda ha dado pasos que permiten esperar que hasta ahora se han ido superando las diferencias, hay muchas otras regiones del mundo en donde el odio racial o religioso, sigue siendo una preocupación. La amenaza de nuevas tragedias como la de Ruanda, es algo que no podemos dar por superado.

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